Yo envidio

A un amigo o pariente lejano que gana 300 mil bolívares en una tripleta se le echa broma (“te toca brindar las frías”) y hasta ahí. Pero si no fueron 300 mil sino los 2.500 millones acumulados más el camión, tendría uno que ser San Francisco de Asís para no gemir las felicitaciones sin que resbale entre dientes el lógico suspiro. “¿Por qué yo no? Diosito, si existes, dime: ¡por qué yo no!”. El reproche actúa en los más diversos escenarios donde bate sus alas el murciélago de la envidia. Un texto de Luis Fernando Verissimo, Clooney con aquel mujerero apurado por empelotarse a sus pies, Beckham por ser Beckham … en fin, abundan los motivos que alimentan el reconcomio masticado día a día por quienes, como yo, vivimos envidiando.
Los hipócritas nos desprecian, nos tildan de ruines, sin tomar en consideración que tanto resentimiento, cuando va tomado de la mano de la ambición, incita a perseguir altas metas (“mi amor –decimos a la gordita que va a nuestro lado, tras advertir a la morenaza que cruza la calle en compañía de un bolsa-, te pones así o hasta aquí nos trajo el río”). Y es que la envidia encarna el deseo por lo ajeno maravilloso. Nadie envidia un salpullido, una deuda, al vecino casado con una mujer fea. La envidia es la cara sórdida de la admiración, pero admiración al fin y al cabo (a menos que hayamos adquirido tal grado de sutileza como para envidiarnos a nosotros mismos).
El fin supremo sería convertirnos en blanco de la envidia. Lujo nada fácil. Y es que hay mucho pelagato por ahí que, al enterarse que hablan en su contra, anhela mojarse en el chorrito de nuestra hiel, amurallándose tras el convencimiento: “es que me tienen envidia” ¡Un momentico, presuntos envidiados!, no nos invoquen gratuitamente, que ser destinatario del rencor es una virtud ajena a las multitudes. Quien no es envidiado, dijo con muchísimo acierto el poeta Esquilo, no es digno de serlo.
Los móviles de la envidia reflejan nítidamente la idiosincrasia del envidioso. Está el iniciado que registra una tenue, fugaz mortificación ante el fruto ajeno. Ése nunca formará parte de nuestra elite. O la lumbrera que no duerme en las noches, revolcándose entre sábanas luego de enterarse que un expedicionario inglés admiró en todo su magnificencia la Puya Raymundi, el cactus austral que florece cada cien años. Abundan los de grueso olfato (como quien envidia, no al dueño de la entidad bancaria, sino al cuentacorrientista que a su lado sostiene el número de ticket pronto a ser llamado); y son menos los poseedores de una fina sabiduría al momento de transgredir el décimo mandamiento.
Yo, por ejemplo, no malbarato energías envidiando al primo que compró un bonito apartamento en el este mientras uno sigue alquilado. Eso no. Yo envidio vivir en Suiza. Me importa un carajo que un condiscípulo maneje las respuestas del examen. Yo lo que quiero es que no haya examen. A mí lo que me revuelve las tripas es el sueldo del presidente de la General Motors, como maneja Schumacher, los jeques y sus harenes, la maldita suerte de Brad Pitt, los astronautas que contemplan la tierra desde una escotilla, cada línea que leo de Cortázar. Yo no pierdo el tiempo envidiando al compañero de trabajo que recibe en cestatikets 10 mil bolívares más. Por Dios ¡Yo envidio los reales de Bill Gates!
Si vamos a ser unos resentidos, coño, que sea por una razón que lo justifique.


casillero







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