martes, septiembre 19

Cumpleaños de oficina



Nada como los cumpleaños de oficina para descubrir la verdad de un grupo de trabajadores. Están los memorables, en ciertos casos el único motivo para seguir en un empleo. De esta primera categoría, he participado en celebraciones que poco tienen que envidiarle al Festival de Río, con partes de baile y risotadas llegadas a término luego de la medianoche, tras el impelable trencito entre los escritorios y los archiveros.
Los terribles son los otros, los protocolares, sin música ni alma. Un velorio con antipasto. Deseamos entonces que la tierra se trague a esa figura obligada en todo recinto laboral: el organizador de los cumpleaños de oficina, encargado de fijar en la cartelera la lista de los cumpleañeros del mes, y quien desde los días (hasta semanas) previos al evento emprende encuestas para elegir democráticamente la cubierta del pastel –“¿de piña o con fresas?”-, recauda las colaboraciones destinadas a la compra de los refrescos y entrega a la secretaria la responsabilidad del arroz con pollo, “que le queda tan rico”.
No hay chance de esgrimir a una abuela moribunda, que escabullirse de un cumpleaños de oficina significa colgarse del cuello el cartel de arrogante, servir la reputación junto a la bandeja de los quesos para que el gentío picotee a su gusto nuestra ausencia. Desde cualquier jerarquía llega el rencor ante un desaire. Si el jefe es el agasajado y uno no aparece, ni saqueando la caja chica se está tan cerca del desempleo. Si se trata de un subordinado, olvídate que nos pasarán en lo sucesivo las llamadas telefónicas más urgentes.
Peor si se es el cumpleañero: aquella vergüenza de cuando a uno le “partían la torta” en el kinder regresa a los cachetes; aunada a la condena que comporta recibir regalos. Si alguien brinda un obsequio, Dios nos libre de no retribuir el gesto en Navidad, día de su santo y aniversario de bodas del bienhechor.
Son una bomba de tiempo. A medida que transcurre la velada, afloran las pasiones contenidas durante las horas hábiles. La ocasión es propicia para echar los perros mediante el caballeroso suministro de pasapalos y su pregunta de cierre: "¿y ahora pa´dónde vamos, mami?". Pero si es antipatía lo que se profesa, recomendamos guardar la guillotina bajo llave. La nómina suele dividirse en bandos, hasta que la sangría llega al río y los antagonistas buscan enfrentarse, cantarse las verdades en el área de la fotocopiadora.
Ha ocurrido que la velada desemboca en un estropicio de sacagrapas y resaltadores volando por los aires. Aquí entra a escena el empleado que este día trabaja más que ningún otro y sin cuyo afán todos saldrían botados, la señora de la limpieza, heroína cansada, pero feliz por llevar a casa un vasito plástico con crema de ajo Hellman´s.

6 comentarios:

Maléfica dijo...

Hace una semana llevé a mi hija al odontólogo y mientras esperaba me puse a hojear una revista. Esta vez me tocó Todo en Domingo, la cual no leo en casa. Empiezo a leer una historia y el estilo se me hace conocido. Veo el nombre del autor, y aún nada (¡que pena con ese señor!) pero cuando leo que dice: "Crónicas de lo crónico", entonces se me prende el bombillo: ¡Yo leo ese blog!

El loco dijo...

ahjajaja por tu experiencia y exactitud del aburrido evento creo que has estado en unos cuantos de esos cumpleaños no?
jajja
Saludos

Cástor E. Carmona dijo...

Gracias a Maléfica por el comentario; pero aclaro que no se trata de Todo en Domingo, sino Dominical, revista de Últimas Noticias. Un abrazo,

Cástor

unocontodo dijo...

Muy bueno..

Este año la que pone los cumpleaños en el calendario, se olvido del mío... y la verdad es que sentí mas bien alivio...

Esos momentos son como "obligados"... a pesar de que el grupo se lleve bien...

MALiZiA dijo...

Por suerte donde trabajo no pasa, esto me ha tocado estar en lugares donde sí, muy bueno el relato.
Te dejo un saludo.

Julie dijo...

hey muy bueno tu blog...! primera vez por aqui... pero no la última. un gusto!


saludos!