En la antesala del consultorio

Cuando vamos al médico no aterra tanto la posibilidad de que se nos diagnostique un feo achaque, como el penoso momento (digo momento, pero es de agradecer si la espera no se prolonga por tres horas y media) en que aguardamos nuestro turno en la antesala del consultorio. El martirio se inicia apenas uno pisa el frío recinto y los pacientes que ya esperan te reciben con una mirada virtuosa pero que por debajo esconde –los más pendencieros te ven a los ojos con manifiesto desafío- la siguiente amenaza: “cuidadito con colarte porque te vas a la tumba, no de tus dolencias, sino de la batuqueada contra el piso que podríamos darte aquí entre todos”.
De inmediato corresponde anotarse ante la soberana de aquel áspero reino, la recepcionista. Está la que, sin apartar la vista del culebrón mexicano que a esa hora transmite el televisor colgado en una esquina, te trata como si uno llegó ahí para llevarse el contenido del pote de la basura. Aunque prefiero a la recepcionista descortés, que aquella situada en la otra orilla del carácter, la cabalmente inoportuna y quien conoce en profundidad nuestros males más recónditos. Sin advertir que los otros pacientes escuchan (se hacen los distraídos, pero andan con la oreja afilada ante cualquier murmullo), improvisa a todo gañote su propia consulta:
- ¿Y te hizo efecto la cremita antimicótica que te recomendó el médico para el ardor al orinar? Porque déjame decirte una cosa, mi amor, estás vivo de vaina.
- Esteee, bueno, ujum –balbucimos.
- ¡Qué bien! ¿Y ya no estás estítico? ¿Y cómo sigues de aquel horroroso salpullido en la axila?
- Eeehh.
Antes de ocupar nuestro asiento (siempre será un misterio por qué el doctor, con tan nutrida clientela, no invierte en unas sillas más cómodas) calculamos tres o cuatro pacientes por delante. Tras cuarenta y cinco minutos de espera, la recepcionista aclara que no, que son dieciocho más dos o tres emergencias. No queda más remedio que concentrarnos en las revistas al parecer heredadas del consultorio de José Gregorio Hernández y que nos informan del inminente divorcio de Lila y El Puma. Pero indudablemente la mejor distracción en la antesala de un consultorio radica en disipar el enigma de la salud, en los intentos por adivinar qué males acongojan al resto de la concurrencia ¿Aquella señora de la esquina qué tendrá? ¿Ese señor estará más o menos enfermo que uno? ¿Por qué se rascará tanto la entrepierna este sujeto de al lado? Déjenme cambiarme de puesto, porsia.
Cuando llega nuestro turno de ver al médico, sentimos un alivio por haber superado lo peor, huyendo de aquel compartimiento hacia una libertad muy parecida a la que nos espera cuando salimos de un ascensor lleno de gente. Hasta que, al momento de emitir el cheque por el servicio, la recepcionista aúlle como si estuviera dando un mitin en la avenida Bolívar:
- Chico, ven pa´ sellarte el récipe… Pero qué casualidad. ¡Estos son los mismos supositorios que uso yo!



casillero
¡enlázate!


La casa invita






