15 diciembre 2006

En la antesala del consultorio


Cuando vamos al médico no aterra tanto la posibilidad de que se nos diagnostique un feo achaque, como el penoso momento (digo momento, pero es de agradecer si la espera no se prolonga por tres horas y media) en que aguardamos nuestro turno en la antesala del consultorio. El martirio se inicia apenas uno pisa el frío recinto y los pacientes que ya esperan te reciben con una mirada virtuosa pero que por debajo esconde –los más pendencieros te ven a los ojos con manifiesto desafío- la siguiente amenaza: “cuidadito con colarte porque te vas a la tumba, no de tus dolencias, sino de la batuqueada contra el piso que podríamos darte aquí entre todos”.
De inmediato corresponde anotarse ante la soberana de aquel áspero reino, la recepcionista. Está la que, sin apartar la vista del culebrón mexicano que a esa hora transmite el televisor colgado en una esquina, te trata como si uno llegó ahí para llevarse el contenido del pote de la basura. Aunque prefiero a la recepcionista descortés, que aquella situada en la otra orilla del carácter, la cabalmente inoportuna y quien conoce en profundidad nuestros males más recónditos. Sin advertir que los otros pacientes escuchan (se hacen los distraídos, pero andan con la oreja afilada ante cualquier murmullo), improvisa a todo gañote su propia consulta:
- ¿Y te hizo efecto la cremita antimicótica que te recomendó el médico para el ardor al orinar? Porque déjame decirte una cosa, mi amor, estás vivo de vaina.
- Esteee, bueno, ujum –balbucimos.
- ¡Qué bien! ¿Y ya no estás estítico? ¿Y cómo sigues de aquel horroroso salpullido en la axila?
- Eeehh.
Antes de ocupar nuestro asiento (siempre será un misterio por qué el doctor, con tan nutrida clientela, no invierte en unas sillas más cómodas) calculamos tres o cuatro pacientes por delante. Tras cuarenta y cinco minutos de espera, la recepcionista aclara que no, que son dieciocho más dos o tres emergencias. No queda más remedio que concentrarnos en las revistas al parecer heredadas del consultorio de José Gregorio Hernández y que nos informan del inminente divorcio de Lila y El Puma. Pero indudablemente la mejor distracción en la antesala de un consultorio radica en disipar el enigma de la salud, en los intentos por adivinar qué males acongojan al resto de la concurrencia ¿Aquella señora de la esquina qué tendrá? ¿Ese señor estará más o menos enfermo que uno? ¿Por qué se rascará tanto la entrepierna este sujeto de al lado? Déjenme cambiarme de puesto, porsia.
Cuando llega nuestro turno de ver al médico, sentimos un alivio por haber superado lo peor, huyendo de aquel compartimiento hacia una libertad muy parecida a la que nos espera cuando salimos de un ascensor lleno de gente. Hasta que, al momento de emitir el cheque por el servicio, la recepcionista aúlle como si estuviera dando un mitin en la avenida Bolívar:
- Chico, ven pa´ sellarte el récipe… Pero qué casualidad. ¡Estos son los mismos supositorios que uso yo!

14 diciembre 2006

Un día para ti


Para casi todo hay un día conmemorativo… Día del Árbol, del vecino, del peluquero, del archivista y hasta del agente bursátil y del conscripto naval; más otras fechas cuando el comercio hace su agosto, como es el de la madre, los niños y -para sumo agrado del sector motelero- el Día de la Secretaria. Pero en el curso de nuestras vidas hay personajes decisivos que, por pura indolencia, carecen de una efeméride cuando reverenciar su insigne labor. Propongo a la ONU, encargada de promover las fechas encomiásticas, que eche a un lado tanta desidia y oficialice ciertos días del año para servir con honor a quien honor merece:

Día de la Suegra Desconocida
En algunos países el 26 de octubre se celebra el Día de la Suegra y durante el Día de la Madre las suegras conocidas, esas que están ahí a la mano, proclives a tocar a nuestra puerta en cualquier momento, reciben regalos por partida doble: el de los hijos más los entregados por el yerno o la nuera (¡Dios los libre de olvidarse!). Pero nadie se ha detenido a consentir a la suegra ideal: La Suegra Desconocida, la que nunca se deja ver, aquella que se negó a ir a nuestra boda o renuncia visitarnos los fines de semana y, por lo tanto, es una perfecta extraña. ¡A celebrar con generosas cantidades de comida y alcohol el día de este ser angélico!

Día del Policía Acostado
Cuantiosos arrollamientos y accidentes vehiculares ha impedido con su presencia este martirizado montículo de asfalto que presta funciones las 24 horas en zonas residenciales y estacionamientos, y al que ningún gobierno -ni siquiera una prefectura- le ha consignado un día alusivo. Dejemos la negligencia y a agasajar a este honorable funcionario del que nunca se ha sabido que matraqueó la primera vez.

Día de la Tirria
Por todos son conocidas las bondades desestresante de la catarsis, aunque el comercio, concentrado en celebrar el Día de los Enamorados, no toma en consideración el potencial de retribuir al destinatario de nuestras animadversiones, ya sea un jefe puñetero o la ex cónyuge que nos dejó en la bancarrota. A tal fin, en su día nos levantaremos temprano a pincharle un caucho al susodicho, enviarle abominables sorpresas, esquelas injuriosas o al menos un chiclito ya masticado y lanzado inadvertidamente desde un balcón hacia el pelo del mimoso.

Día del Chofer de Camioneticas Prudente
Aunque celebrar la efeméride de este insigne paladín resultaría cuesta arriba: primero habría que localizar al menos a uno.

Día del Hablador de Pendejadas
Toda familia o empresa alberga a un representante de este género que, sin uno pedírselo, habla –o escribe- hasta por los codos sobre temas monstruosamente inútiles. Si llegara a decretarse un día en su honor y los conocidos y familiares se vieran precisados a consentir a este monumento a la vagancia, recuerden que yo muero por los dulces abrillantados y ando fallo de interiores.

 
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