sábado, diciembre 29

A buen tiempo

Muchos de nosotros podremos montar en enero una papelería especializada en la venta de bolígrafos y agendas, artículos que cada fin de año son la única elección de quienes, sin mucho esfuerzo creativo, obsequian un detalle que conjuga lo práctico con lo… bueno, solamente lo práctico.
Con los bolígrafos no hay rollo tras arrumarlos en una gaveta para cuando hagan falta; el enigma está en qué hacer con la agenda lunar, la ejecutiva, la motivacional y hasta la de Bob Esponja. Lo peor es que pasamos de ser personas que odian recibir agendas, a desaforados regaladores de agendas (ha ocurrido que, para salir de la aglomeración, originamos un círculo vicioso que suele extenderse hasta mediados de junio, cuando el boomerang en funda de vinil vuelve a las manos del sujeto que inició el ciclo).
Los calendarios ocupan otro lugar insigne entre los obsequios pascueros. Desde la modesta panadería hasta la más trasnacional de las entidades bancarias, no dejan pasar diciembre sin consentir a su clientela con un calendario. Hay dos variantes: los de escritorio, donde estorban todo el año y se caen mucho al piso; y los de bolsillo, bastante útiles si aparecieran cuando se les necesita.
Recuerdo con nostalgia una variedad de almanaque hoy en desuso, el taco de pared, impreso en un papel de una calidad aterradora, y en cuyo reverso de cada página venía siempre un chiste, un refrán, una frase de autor o una caricatura que de muchacho yo revisaba a diario, convencido de que tal costumbre ayudaría a forjarme una sólida cultura. En enero llegaba gordo a casa para, a golpe de octubre, lucir bastante desmejorado. A los niños no les preocupa el paso del tiempo (aunque las fechas en rojo producían una ansiedad inexplicable), y el progresivo adelgazamiento del taco, señal de que otras vacaciones y cumpleaños venían en camino, alegraba tremendamente.
También hay ejemplares que no provoca botarlos una vez caído el último de sus días. Aquéllos que sobre las paredes percudidas de los talleres mecánicos mostraban a un hembrón inclinado sobre el capó de un Ferrari Testarossa, colgados allí con el propósito de restarle ingratitud a la espera, evolucionaron hasta convertirse en los tersos artículos de lujo que son hoy los calendarios calientes, pero sin traicionar su inspiradora misión original: a mal tiempo, buena cadera, senos, muslos, piernas, cintura y hasta cara.
Las novedades tecnológicas arrasaron con las hojas de los viejos calendarios, pero me gusta pensar que el género todavía tiene mucho que ofrecer. Un almanaquero calculador se forraría en billete si lanzara al mercado un calendario sin lunes, con feriados que tiendan sus puentes por semanas, o nombrando enero a los otros once meses para que cada mañana, al abrir los ojos, sea el inicio de un nuevo año.

martes, diciembre 18

Lambucios a prisión



Amén de los ya vigentes impuestos extraordinarios a las bebidas alcohólicas y el tabaco, varios países estudian la posibilidad de restringir la asistencia médica a obesos y fumadores como parte de una política destinada a imponer un estilo de vida saludable. Así las cosas, que no nos sorprenda abrir el periódico un día de estos y encontrar a los individuos reacios al fitness y el requesón, como protagonistas de los siguientes titulares:

Detenidos traficantes de chinchurrias
La banda conocida como “Los Grasositos” fue capturada este fin de semana durante un allanamiento realizado por funcionarios del Cicpc en la guarida de los malhechores, ubicada en las inmediaciones de la Calle del Hambre, Municipio Baruta. En el operativo se incautó un alijo de chinchurrias que los delincuentes ocultaban dentro de panelas de droga.

OMS felicita al gobierno
La Organización Mundial de la Salud calificó de excelente iniciativa macrobiótica la ausencia de azúcar refinada en los supermercados y bodegas del país. En un comunicado de prensa, el organismo, con sede en Ginebra, recomendó extender la saludable medida a la sal, las chistorras y las paticas de cochino.

Linchan a holgazana
Miembros de una clase de bailoterapia ultimaron ayer a una compañera de ejercicios que se negó a incorporarse a la posterior sesión de abdominales. Alentada por el entrenador del gimnasio “La Gota Gorda”, la multitud enardecida arremetió con las alfombrillas de hacer yoga y los balones medicinales contra la humanidad de la antisocial. Según testigos, la malviviente solía fumar y no cocinaba con aceite de oliva.

Atrapado ‘grasomula’
Efectivos de la Guardia Nacional detuvieron en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar a un pillo de 30 años de edad que llevaba en su estómago 10 dediles de presunta morcilla. Presa del nerviosismo, el sujeto confesó su fechoría y fue puesto a las órdenes de fiscales del Ministerio Público para el respectivo proceso judicial.

Abatido comensal de patacones
El occiso, quien se desempeñaba como gaitero, fue atrapado con las manos en el plátano mientras devoraba un tostón relleno con salsa rosada y doble capa de queso palmita; resultando abatido por los uniformados cuando intentó huir pero sus 45 kilitos de más le impidieron saltar una cerca de ciclón.

Chacao ordena “Cerrar el Pico”
La Alcaldía de Chacao decidió retomar el Plan Pico y Placa pero aplicado a los comensales del municipio y, de ahora en adelante, los días lunes no podrán salir a la calle los entusiastas de las arepas; los martes, los de tequeñones; los miércoles, los de empanadas, los jueves está penado con 100 unidades tributarias engullir pasteles andinos, mientras los viernes y fines de semana queda terminantemente prohibido catar mugrositos. La medida cuenta con la asesoría de Lilian Tintori.

La reforma va
Tanto diputados oficialistas como opositores coincidieron ayer en convocar una sesión extraordinaria para definir el Vegetarianismo del Siglo XXI, así como para suprimir el amarillo No. 5 de la bandera nacional. Por vez primera, representantes de los sectores en pugna corearon, abrazados a las puertas del palacio legislativo, una misma consigna: “¡Espinaca, naturismo o muerte!”.

lunes, diciembre 10

En la zapatería

Comprar zapatos es una actividad que diferencia a los hombres de las mujeres a las puertas de una zapatería. Un hombre se percata de que necesita zapatos cuando comienza a sentir entre los dedos las piedras del camino; entonces entra a una zapatería y pide un modelo muy parecido al que lleva puesto para, al momento de probárselo, descubrir que sus medias lucen un hueco enorme por donde se asoma media pierna. Los criterios para la compra son la durabilidad y el confort, es decir, que el zapato no prense los juanetes tras doce horas de uso continuo.
Pero en las mujeres (y los metrosexuales) adquirir calzado ejerce una sólida fascinación. El operativo se inicia semanas antes, con el análisis de los ejemplares apilados en el closet. Luego de cerciorarse de que su actual provisión de treinta pares no basta, se abandonan sin culpas a la ceremonia preliminar: hacerse la pedicura, o al menos un adelgazamiento de callos con piedra pómez para disimular cualquier semejanza con los pies de Pedro Picapiedra.
A quienes somos arrastrados por nuestra pareja a este martirio, impacienta: 1) destinar toda una tarde viendo vidrieras, desde donde ella imagina su pie alojado en modelos carísimos que el presupuesto descartará en la última ronda; 2) luego de recorrer los seis niveles del centro comercial, el modelito escogido es el del primer establecimiento visitado; y 3): requerir varias tallas menores al 40 con que la naturaleza la castigó, que en estas circunstancias tener pies grandes -para los que no se han inventado, todavía, liposucción o Pilates que valgan- aflige más que una úlcera duodenal.
Tras discutir pormenores de colores y precios, la vendedora se acerca trayendo entre sus manos la caja con el decimosexto modelo elegido. Pero la mujer no ve una caja sino un cofre ocupado por una promesa. A estas alturas ya ha puesto a un lado el carcamal con que llegó allí, esa cáscara desgastada por los viejos pasos, y contiene la respiración mientras reproduce el gesto de quien mide con la punta del pie la temperatura del mar. Durante el breve plazo en que la prenda remonta la loma del metatarso, a la clienta la recorre el estremecimiento de aquella chica del cuento que, calzándose una zapatilla, emprende la reconquista del reino.
Sospecho que para una mujer comprar zapatos es un simulacro de recuperación de la virginidad. He ahí el peligro y el misterio. Nadie sabe en qué piensa cuando se prueba uno. Podremos suponer que pretende estrenarlo durante Nochebuena; pero hay damas convencidas de que un calzado magnífico luce hasta cuando se lleva en la mano para no despertar a nadie mientras huyen de casa a medianoche, sigilosamente.
Compadre, avíspese ante una mujer con zapato nuevo. No camina de la misma manera, habla y sonríe diferente, recorre con otra firmeza el camino.
Como si pisara el mundo por primera vez.

lunes, diciembre 3

Droga luminosa

La junta vecinal de donde vivo decidió imponer una multa a quienes no adornaran la fachada con lucecitas navideñas. Formé parte del grupo adverso a tan radiante medida, que, de consentir dicho atropello, en la próxima Semana Santa los vecinos seríamos forzados a esparcir incienso por las habitaciones de la casa, o a disfrazarnos de negrita durante las festividades carnestolendas.
Gracias a la presión ejercida la multa fue anulada, mejor dicho, sustituida por una condena peor: el sordo reproche de los vecinos que sí decoraron sus casas con motivos navideños. Más de uno (cuyos porches vistosamente iluminados parecen pista de aterrizaje) me quitaron el habla, mirándome como quien ve al Anticristo envuelto en una sospechosa oscuridad (corren rumores de que las casas sin lucecitas sirven como sede de sectas y demás cofradías espeluznantes).
A la quinta pedrada lanzada a medianoche desde un vehículo a toda velocidad sobre los vidrios de mis ventanas, temí despertar con el chisporroteo de una cruz inmensa clavada en el jardín y envuelta en candela, y puse fin a tanta testarudez con una tímida estrellita intermitente, el decorado más modesto de la cuadra. Fue la primera bocanada de una peligrosa droga decembrina.
No tardé en descubrir que la decoración navideña es un símbolo de status, centelleante escala que desnuda las circunstancias socioeconómicas de cada hogar. El escalafón va desde aquella guirnalda cuyo peso y volumen por poco doblan la Multilock que la sostiene, hasta las estrellitas pusilánimes (como la mía) cuya languidez lleva a los transeúntes a presumir que sólo la bancarrota justifica tanta postración lumínica. Y nadie desea rayarse tan feamente.
De manera que aderecé la íngrima estrellita con un hilo de 100 luces. El vecino cuya decoración navideña quedó rezagada tras esta maniobra, respondió el golpe con un muñeco de nieve inflable. Eso no se iba a quedar así. Al día siguiente incorporé unos renos de esos que mueven el cuello de un lado a otro, a lo que la pareja de la esquina contraatacó con un par de pingüinos musicales.
Protegidos por el silencio de la noche, salimos de nuestras casas, sin hacer ruido, a añadir una bota de fieltro, un ángel mecánico, otro tramo de luces extra, para a la mañana siguiente intercambiar miradas inflamadas por una sutil pero hiriente echonería. Anoche la familia de la acera opuesta desplegó sobre su techo la sádica ofensiva de un San Nicolás tamaño natural. Me tiene sin cuidado, hasta ahora nadie sospecha la carnicería por venir. Y así el dinero del aguinaldo se me vaya en financiar la victoria, sólo me falta contactar al Melchor del pesebre viviente que durante la Nochebuena detone el tiro de gracia.


miércoles, noviembre 28

Mujer que espera taxi

Es comprensible que las damas tomen ciertas precauciones antes de ocupar un taxi: durante el tiempo que dure el viaje, su vida está en manos de un extraño; pero también soy un convencido de que acompañarlas durante el proceso es la prueba definitiva de la paciencia de un caballero.
Mientras la futura pasajera agudiza eso que llaman instinto femenino para decidir la opción más convincente entre el desfile de vacantes que, uno tras otro, saludan, chiflan, agitan sus brazos o sacan la cabeza por la ventanilla, he pasado hasta una hora bajo la lluvia. La dama justifica la rigurosidad de la escogencia evocando lo que le pasó a una vecina o una amiga, junto a informaciones de prensa y las no pocas leyendas urbanas que acuden a la mente de una mujer precisada a viajar sola en un taxi. De tan necesaria prudencia nace una tipología femenina a los pies de las aceras de la ciudad:

Las sambileras
Así sea el mismísimo Benedicto XVI quien conduzca el taxi, las asociados a este género se negarán a subir si el auto no está identificado con el logo de un centro comercial. Un criterio determinante es el tamaño del coco. Mientras más grande sea el coco, mayor será la confianza empeñada.

Las desnudistas
Grupo representado por aquellas señoras que antes de tomar un taxi, efectúan en plena vía pública un strip tease de prendas. Se quitan para guardar en el escote del sostén el reloj, los siete anillos, los collares y hasta las cadenas de gold filled, cuidando de disimular con la punta de la lengua el diente de oro, en caso de llevar uno.

Las latoneras
Dejan en pañales a los peritos de las compañías de seguro al momento de evaluar un siniestro. Si la carrocería presenta una abolladura o un rayón, se niegan a montarse porque “ese tipo maneja mal”. Les toca devolverse a casa porque en el país no existe un solo taxi desprovisto de abollón.

Las mecánicas
Variante más escrupulosa que la categoría precedente. Observan con detenimiento la presión de los cauchos o si la antena del radio está doblada. Las extremas le preguntan al chofer la última vez que le cambió la liga de freno o le hizo el motor al carro.

Jurados de Mister Taxista
Basan su decisión en el aspecto físico del chofer. Si quien conduce no es el doble de Brad Pitt, prefieren recorrer a pie el trayecto Catia-Petare.

Las antiparabólicas
A diferencia de los categorías anteriores, a cualquier hora de la madrugada se montan en el primer carcamal que pase sin importar que el chofer lleve cubierto el rostro con un pasamontañas y un pedazo de soga colgado del espejo retrovisor. Representan un riesgo importante para el tráfico vehicular cuando llevan minifalda y viajan de parrilleras en mototaxi, pues está comprobado que los picones accesibles a los ojos de la ciudad dejan a su paso una estela de fatales accidentes.

miércoles, noviembre 21

Cronología de la gordura

Al inicio de los tiempos: Por andar de lambucios, Adán y Eva comen el fruto del árbol prohibido y pagan la cuenta con el paraíso. Luego, los hijos de la primera pareja, Caín y Abel, se enfrentan en un pique para ver quién le sirve el mejor menú al Creador.
30.000 a.C.: Inspirado en la silueta de su suegra, un artista del periodo paleolítico esculpe sobre una piedra caliza la Venus de Willendorf. Es la primera gorda de la que se tienen noticias.
2.500 a.C.: Los egipcios, por puro sadismo, inventan la balanza.
428 a.C.: Se presume que los dueños de los gimnasios pagan al filósofo griego Plotino para que diga: “esculpe sin descanso tu propia estatua”.
190 a.C.: El dramaturgo romano Terencio proclama: “por temor a que parezcan atletas (las mujeres), conviene recortarles los alimentos ¡Éste es el justo proceder para amarlas!”. Aparecen, entonces, las anoréxicas.
1452: Nace Leonardo Da Vinci, quien esboza 33 modelos corporales idóneos basados en la geometría, origen del 90-60-90 que luego perseguirá Osmel Sousa para sus ninfas.
1600: Se populariza en Inglaterra el uso del corsé. Este año numerosas doncellas mueren inexplicablemente de asfixia.
1932: Nace Fernando Botero, pintor colombiano que reivindica en su obra los kilitos de más.
1985: Hasta entonces a nadie le mortificaba comer morcilla. Pero Michael Stuart Brown gana el premio Nobel de Medicina por aguar la fiesta anunciando los infames efectos del colesterol.
1959: Nace la muñeca Barbie. En las jugueterías se consiguen rubias, bailarinas, motorizadas… ¡pero ni de vaina una con celulitis y revolveras!
1974: El ginecólogo italiano Giorgio Fischer inventa la liposucción. La novedad lleva a más de una paciente pionera al otro mundo.
1996: Alicia Machado renuncia a las chinchurrias para no perder la corona de Miss Universo.
2001: Un estudio publicado por el Worldwatc Institute informa que Estados Unidos constituye la zona con mayor cantidad de obesos (a menos que se descubra que también hay panzoncitos en otros planetas).
2002: El médico norteamericano Helmut Smith afirma que, de seguir la gente tragando como lo hace, en un futuro todos seremos rechonchos como mecanismo de adaptación al medio ambiente.
2023: Los gorditos y gorditas, que ya conforman el grueso de la población, se organizan en hordas y queman gimnasios, tiendas naturistas y centros de estética, apoderándose definitivamente del planeta tras siglos de abuso y opresión.

domingo, noviembre 11

Buena presencia




Durante esta época del año se reproducen sobre las vidrieras ese cartelito que dice “Se solicita vendedora con experiencia y buena presencia”. Los establecimientos menos exigentes descartan el requisito de la experiencia; pero en lo que sí son inflexibles, como si de ello dependiera la rentabilidad del negocio, es en lo de la buena presencia.
El asunto plantea un enigma ¿Qué es exactamente tener buena presencia, ese trámite que por estos días disfruta de mayor impacto curricular que saber inglés o mecanografiar 60 palabras por minuto? Porque a alguien feo ya desde el kinderkarden los compañeritos se encargan de hacerle saber, con lujo de saña, su condición; mientras que a una persona decididamente hermosa le bastan los piropos a su paso, la fila de romeos bajo el balcón más las ofertas provenientes del mundo del modelaje y la tele, para advertir el excelente estado de su envoltura. Pero… ¿cuáles atributos -o ausencia de ellos- definen la buena presencia?
¿Será quien se bañe regularmente? ¿O alguien que lleve las uñas con pulcritud y ningún rastro de chicle en la falda o el pantalón? ¿Tal vez no participar del mismo perfil de Pepeto ya da la bienvenida al rubro? ¿O, si interpretamos la expresión literalmente, será una persona que es buena y hace acto de presencia? Sospecho que la buena presencia es algo así como la clase media del aspecto físico, un halago relativo, resistir balanceándose a mitad de la cuerda floja de la apariencia. Una señorita quedará muy desorientada si su pretendiente le dispensa la dudosa cortesía de decirle “Cielo, tienes buena presencia”; y hasta en boca de una madre, ese manantial de eufemismos y disimulos, la frase suena a algo así como: “Hija, puedes estar agradecida por como luces… ¡pero ni se te ocurra ir a plantarte ante Osmel!”. Ni muy muy, ni tan tan.
Para salir de dudas, pasé un rato frente a una joyería que mostraba dicho cartel en el aparador, con el fin de examinar a las postulantes que reclamaran el empleo derrochando buena presencia hasta por los codos. Fue una experiencia iluminadora.
Una chica dudó antes de entrar. Inmóvil frente a la vidriera, la aspirante al puesto simulaba contemplar la mercancía allí exhibida; pero era obvio que su mirada no cruzaba el vidrio sino que permanecía detenida en la superficie de éste, sobre el eco de su silueta en el cristal. Se le veía medir cada uno de sus rasgos, la caída del pelo, su relación peso-altura y quizá hasta la firmeza de su busto, con el propósito de definir si el conjunto respondía a los imperativos estéticos del local.
Otras (más por valerosas que por cumplir con la cláusula exigida) entraban con aplomo, llevando bajo el brazo una carpeta de manila con las copias de los documentos personales. Entre aquel improvisado desfile sobresalió una chica hermosísima, asistida por un atractivo muy superior al del resto de las competidoras. “El puesto es de ésta”, pensé.
Salió al minuto, visiblemente contrariada y con la carpeta entre las manos.
Los dueños de las boutiques conocen su negocio, saben que para la buena presencia de algunas clientas que se prueban una alhaja, resulta devastador compartir el espejo con una diosa.

martes, noviembre 6

La cesta navideña

Juro haber trabajado en una compañía que cierta vez incluyó en la cesta navideña de sus empleados una bola de mortadela en sustitución del tradicional jamón ahumado. Pese a desilusiones de este tipo, cada fin de año conservo la esperanza de recibir una canastilla plena de manjares con los que resolver la mesa decembrina. Y cada fin de año amarga es la realidad.
La ilusión se esfuma con el envoltorio de celofán. El análisis a los artículos allí enquistados arroja los mismos sospechosos de siempre. Una fija es el vino espumante o -como suelen llamarle con notable optimismo- champañizado ¿Ha llegado usted a brindar con esta bebida sorprendentemente parecida a la manzanita? Convengamos que al principio se deja correr; pero no se confíe pues, a golpe de la tercera o cuarta copa, comenzará usted a mostrarse meloso con las personas mayores o a estrellar sillas contra el piso. El ratón dura hasta el Día de Reyes.
El queso amarillo tiene de holandés lo que yo de noruego; y es un desafío para la salud dental de los comensales ese trozo de anime salpicado con esporádicas almendras que son los turrones de las cestas navideñas. Eso sí, si sufre de manchas en el cutis, no dude en restregarse sobre la superficie afectada un par de las uvas que decoran dichos paquetes chilenos, y cuyas enzimas cítricas superan las cualidades astringentes del limón o el semeruco.
Para las empresas con muchos empleados resulta inmanejable obsequiarle una cesta a cada trabajador, dilema zanjado mediante un perverso mecanismo: rifarlas. Si hay, por ejemplo, doscientos empleados, se sortean cuatro cestas. Es ahí cuando descubrimos la autenticidad de los compañeros que suponíamos eran nuestros amigos. He visto a más de una secretaria echar abajo la reputación de la comadre que le consiguió el empleo en su misma oficina, porque ésta le ganó la cesta o se negó a cambiarle el panetón por una bolsita de nueces.
Dirán que soy un malagradecido, que no todas las organizaciones públicas o privadas tienen a bien mimar a sus trabajadores con tan gentil detalle. Pero es que, en las actuales circunstancias, una cesta navideña digna de gratitud sería aquella que contemple un kilo de azúcar, un pote de leche en polvo más dos rollitos de papel toillete, y no ese enigma que aflora una vez consumidas las exquisiteces: qué hacer con la cesta propiamente dicha.
La salida es arrumarla en un rincón para poner periódicos y revistas, o acondicionarla como sala de parto de la gata; hasta que, luego de meses de entorpecer el paso por aquí y por allá, a eso de abril o junio, es enviada a coronar el bote de la basura mientras se reflexiona, en un destello de lucidez, sobre lo caro que salió aquel taxi que la trajo a casa.

martes, octubre 30

El botellón


Ya perdí la cuenta de las mujeres que me he levantado a las puertas del abasto ¿Mi truco? Cargar con gallardía el botellón de agua. “Guapo… ¿y a dónde te diriges con ese botellón de policarbonato retornable?”, me cortan el paso desde jovencitas hasta señoras de la tercera edad cuando voy con el envase parapetado sobre una de mis clavículas, tarea que sin duda evoca en un recodo del alma femenina la imagen ancestral del macho camino a la cueva con un trozo de mamut sobre los hombros para proveer de sustento a los suyos.
Y es que el manejo público de dicho artículo revela rasgos de carácter muy apreciados por las damas. En primer lugar, el sentido de la responsabilidad, que transportar tan pesado mamotreto es garantía de mansedumbre y cumplimiento del deber. También, confirma la posesión de vitalidad y salud con mayor contundencia que una tanda de anaeróbicos en el gimnasio (ningún debilucho ni aquejado por hernias discales soporta 5,1 galones del preciado líquido sobre el lomo. Y que quede claro: 5,1 galones, no la irrisoria presentación de agua mineral de 5 litros, apropiada para enclenques y pusilánimes). Las muchachas en edad casadera saben esto, y deducen que quien pueda con un botellón de agua logrará la romántica hazaña de alzarlas en peso para cruzar el umbral de la casa al regreso de la luna de miel.
Otro atributo es la destreza manual en compañía de la paciencia, cualidades ineludibles al momento de destapar el botellón. Ni desactivar una ojiva nuclear demanda tanta pericia. Cualquier recurso es válido para conseguir la victoria en esta pelea cuerpo a cuerpo, desde un cuchillo de sierrita, alicates, o la efectiva maniobra de caerle a mordiscos a la tapa.
Así que no se excuse con que llegó cansado del trabajo y asuma el rol que, desde las clásicas tinajas de la época independentista, la historia le reserva:
- La tinaja está vacía –sin duda recibió más de una vez Manuelita Sáenz al Padre de la Patria cuando éste aún no terminaba de bajar de Palomo.
- Mi vida, estoy cansadísimo. Vengo de atravesar el páramo de Los Andes y todavía me quedan cuatro naciones más por libertar.
- Déjate de evasivas y te me vas ahorita mismo al pozo a llenarme la tinaja.
Los incautos delegan en terceros la delicada tarea de conducir el botellón hasta la cocina ¡Cuánta inocencia! Si las películas y series de TV señalan a los jardineros como culpables de que muchas esposas de habla inglesa incurran en la infidelidad, la versión criolla sería el muchacho del botellón. Porque la paciencia femenina abarca muchas áreas, menos ver el botellón vacío por más de un día. Si, por el contrario, usted desea romper con su pareja, deje que las arañas tejan la coartada sobre la boca de estos recipientes.

De allí que cuando vea en la calle a una dama que arrastra sus pies, fatigada bajo el peso de un botellón, puede usted jurar que esa mujer lleva el corazón roto.

martes, octubre 23

Doñita

Admito mi torpeza para los tratamientos profesionales. No sé, por ejemplo, cómo llamar a un abogado que recién conozca ¿Le digo “doctor Benítez”? Quizá; aunque, sin ánimo de restar méritos a los paladines de la cuestión jurídica, para mí doctor es quien tiene un Ph.D. o lleva colgado del cuello un estetoscopio ¿“Señor Benítez”? No creo, algo falta ahí. Supongo que lo apropiado sería “abogado Benítez” o “abogado” a secas, aunque esta alternativa me incomoda porque suena como si Benítez vino a embargarme.
El caso es que un uso inadecuado de los tratamientos profesionales puede resultar catastrófico, y más de un “chef” desafiará con una tormenta de ollas al comensal que quite status a la sazón de aquél llamándolo “cocinero”. Decidirse por el nombre de pila tampoco es sensato: a muchos profesionales les disgusta que su interlocutor omita durante la charla el título que tan vistosamente enjoya sus tarjetas de presentación, la puerta del despacho y las firmas al pie de los mails. Otra salida invocada por muchos es decirle “maestro” a media humanidad; pero, a menos que se tratara de un representante del noble oficio magisterial, nunca he emplazado así a nadie, básicamente porque me suena pavoso.
El asunto se complica con los tratamientos no profesionales pues hay destinatarios que no desean el rango: en más de una ocasión he visto estallar un fuego homicida en los ojos de mujeres a las que he llamado “señora” en lugar de “señorita”. Muchas damas reciben con angustia esta imperdonable falta de delicadeza, como si de golpe la palabra les recogiera el pelo en un moño y las llevara a un zaguán a tejer puntos de cruz, junto a tías y madrinas.
¿Los hombres somos insensibles a estas fórmulas? Lo dudo. Da un fresquito cuando -cada vez con menor frecuencia- alguien me llama “chamo” a cambio del evidente “señor”, pese a que ya tenga estudiado los gestos para cuando me arrope el “don” (uno de mis favoritos y con el que un día comenzaré a recibir en casa a las visitas, es la expresión de Vito Corleone en “El Padrino”, donde, instalado en la butaca de cuero y con los ojos entrecerrados, agita los dedos índice y medio para hacerle entender al servil que puede acercarse).
Lo dicho revela el capital manipulador de los formulismos sociales. El atajo de llamar “muchacha” a la casera que visiblemente ya no ocupa esa categoría, logra metérnosla en el bolsillo en apenas una palabra. Si, por el contrario, usted desea vengarse de la cajera treintañona que se negó a cambiarle un billete de diez mil, la mejor pedrada es despedirse con perversa cortesía: “Está bien, y disculpe la molestia… do-ñi-ta”.
Pronunciado así, lentamente, para que cada sílaba hiera como una puñalada.

miércoles, octubre 17

La bella y la bestia

Cuando un hombre feo alcanza el inusual logro de empatarse con una mujer bonita, sólo tiene que preocuparse de tres cosas: los amigos, la familia, y el resto de la sociedad.

Los amigos
Al inicio de la relación, los amigos y amigas del ala intachable figuran como los más severos adversarios, recordándole a la guapa cuando salía con determinado galán, todo un sinvergüenza y quien llegó a ponerle el ojo morado varias veces, pero que ahora está libre y arrepentido. O cometen el descaro de presentarle, a espaldas del feo, otros prospectos a la beldad. De allí que digan que los feos son celosos y dominantes. No es eso. Lo que pasa es que son realistas, saben que no pueden darse el lujo de abandonar a la intemperie tan apetecida joya. La bella, en cambio, no tiene motivos de qué preocuparse cuando el feo le informa: "Mi amor, mañana salgo a una playa nudista y regreso en una semana". "Chévere -responde la maja, impasible-. Pero cuidado y botas los lentes culo e´ botella".
La familia
Al momento de conocer a la bestia, los padres de la bella se topan de frente con la peor de sus pesadillas, que no es otra que la siguiente: si la relación madura y los asimétricos contraen matrimonio (durante la boda los invitados comentan convencidos que fue él quien debió de cubrirse la cara con el velo) vendrán los hijos, a quienes el ave sin gracia podría empañarles el patrimonio genético. Por eso en las salas de espera de las maternidades los padres de las parturientas hermosas se muestran el triple de nerviosos. Se muerden las uñas y rezan a la virgen por 1) la parturienta, 2) el bebé, y 3) por que el bebé no salga al padre.

El resto de la sociedad
Cuando ambos salen de paseo en el carro, los peatones piensan que el feo es el chofer de la sublime dama. O la policía los detiene frecuentemente al presumir que se trata de un secuestro express. Aclarada la situación, ella es perseguida por rumores del tipo: “Mujer pa´ interesada: seguro que anda con ese mamarracho por los reales”. De allí que el feo precise realizar grandes esfuerzos para adjudicarse valor agregado y, ya sea mediante el constante suministro de conversaciones amenas, platos exquisitos o un perenne sentido del humor, compensar el estrabismo o las marcas de acné.
Pero el tiempo, con su sabiduría, equilibra los contrastes. Cuando la bella envejece, su rostro pierde la lozanía; pero cuando el feo envejece, pocos notan la diferencia de cuando tenía 20 años de edad y ahora 57. Y es ésta, por qué dudarlo, la prueba definitiva de su amor.
Pocos bejucos, hierba malagradecida, se resisten al perfume de las rosas frescas.

lunes, octubre 8

Sólo porque insistes

Los invito a estudiar cómo piensa una persona que gusta hacerse la dura. Para nuestro análisis utilizaremos el diálogo (ni tan ficticio) con una suegra, bastante válido para toda situación que involucre a otros individuos hambrientos de súplicas. Comencemos.
- Suegra, la invito a cenar.
- Es que no tengo mucho apetito –responde la doña, pese a que no ha probado bocado en todo el día a la espera de la invitación. Noten que enfatiza el adverbio “mucho”, es decir, su grado de apetito es cuestionable y deja una fisura abierta a los ruegos.
- Vamos, seguro que en el restaurante se le despierta.
- Es que no me gusta que gastes en mí –se excusa, aunque si esto fuese verdad, en las pasadas navidades no hubiera pedido de regalo una lavadora/secadora morocha. Y es que un experto en hacerse el duro tiene clarísimas sus prioridades: se hace el duro en lo intrascendente, para doblegarse en lo fundamental. Se opondrá con firmeza cuando un pariente o amigo pretenda obsequiarle, por ejemplo, un yesquero de mil bolos: “no, no, gracias… me daría mucha vergüenza despojarte de tan preciado bien” ¿Un bolígrafo tapa amarilla? “Déjalo así, a ti te hace falta” ¡Ah! pero ante el ofrecimiento de un televisor plasma de 42 pulgadas e interface de alta definición, inteligentemente abandonará toda resistencia: “me pones en un compromiso, pero dame acá ¡Ya está bueno de andar despreciando tanta generosidad de tu parte!”.
- Suegrita, una sopa por lo menos.
- No, mijo, yo me la preparo aquí –frase con que denota su sacrificio en aras del bien ajeno. Eso sí: conoce los límites, sabe cuándo detenerse pues, de sobrepasarse, entonces sí tendría que ponerse a cachifear.
- ¿No va a ir entonces?
- Bueno, está bien... Sólo porque insistes –y he acá el fin de toda persona ávida de súplicas: dejar por sentado que al recibir el beneficio, está haciendo un favor.
Destino las últimas líneas para ventilar un caso emblema, el de la moza negada a ceder su flor al pretendiente. Los inexpertos suelen reaccionar ante esta situación soltando con torpeza: “pero no te hagas la dura, mami”, terrible argumento con que sólo obtendrá que la chica, desenmascarada, redoble la resistencia. Así que tomen nota: el hacerse de rogar se combate con más hacerse de rogar.
- Mi amor, dame un piquito en la boca.
- Me da pena -porfía la doncella por cuarta vez.
- Tienes razón, tesoro. Por eso hoy mismo me uno a una secta donde se practique la abstinencia sexual.
- ¿Cómo es eso?
- Sí, una fe donde todo manoseo sea condenado por el sumo sacerdote.
- ¿Ni una agarradita de teta?
- Nada.
- Ay, cielo –dice ella, mientras ya desliza su mano por sobre la rodilla del beato-. Vente pa´ca.
- Bueno, está bien, mami... Sólo porque insistes.