miércoles, noviembre 28

Mujer que espera taxi

Es comprensible que las damas tomen ciertas precauciones antes de ocupar un taxi: durante el tiempo que dure el viaje, su vida está en manos de un extraño; pero también soy un convencido de que acompañarlas durante el proceso es la prueba definitiva de la paciencia de un caballero.
Mientras la futura pasajera agudiza eso que llaman instinto femenino para decidir la opción más convincente entre el desfile de vacantes que, uno tras otro, saludan, chiflan, agitan sus brazos o sacan la cabeza por la ventanilla, he pasado hasta una hora bajo la lluvia. La dama justifica la rigurosidad de la escogencia evocando lo que le pasó a una vecina o una amiga, junto a informaciones de prensa y las no pocas leyendas urbanas que acuden a la mente de una mujer precisada a viajar sola en un taxi. De tan necesaria prudencia nace una tipología femenina a los pies de las aceras de la ciudad:

Las sambileras
Así sea el mismísimo Benedicto XVI quien conduzca el taxi, las asociados a este género se negarán a subir si el auto no está identificado con el logo de un centro comercial. Un criterio determinante es el tamaño del coco. Mientras más grande sea el coco, mayor será la confianza empeñada.

Las desnudistas
Grupo representado por aquellas señoras que antes de tomar un taxi, efectúan en plena vía pública un strip tease de prendas. Se quitan para guardar en el escote del sostén el reloj, los siete anillos, los collares y hasta las cadenas de gold filled, cuidando de disimular con la punta de la lengua el diente de oro, en caso de llevar uno.

Las latoneras
Dejan en pañales a los peritos de las compañías de seguro al momento de evaluar un siniestro. Si la carrocería presenta una abolladura o un rayón, se niegan a montarse porque “ese tipo maneja mal”. Les toca devolverse a casa porque en el país no existe un solo taxi desprovisto de abollón.

Las mecánicas
Variante más escrupulosa que la categoría precedente. Observan con detenimiento la presión de los cauchos o si la antena del radio está doblada. Las extremas le preguntan al chofer la última vez que le cambió la liga de freno o le hizo el motor al carro.

Jurados de Mister Taxista
Basan su decisión en el aspecto físico del chofer. Si quien conduce no es el doble de Brad Pitt, prefieren recorrer a pie el trayecto Catia-Petare.

Las antiparabólicas
A diferencia de los categorías anteriores, a cualquier hora de la madrugada se montan en el primer carcamal que pase sin importar que el chofer lleve cubierto el rostro con un pasamontañas y un pedazo de soga colgado del espejo retrovisor. Representan un riesgo importante para el tráfico vehicular cuando llevan minifalda y viajan de parrilleras en mototaxi, pues está comprobado que los picones accesibles a los ojos de la ciudad dejan a su paso una estela de fatales accidentes.

miércoles, noviembre 21

Cronología de la gordura

Al inicio de los tiempos: Por andar de lambucios, Adán y Eva comen el fruto del árbol prohibido y pagan la cuenta con el paraíso. Luego, los hijos de la primera pareja, Caín y Abel, se enfrentan en un pique para ver quién le sirve el mejor menú al Creador.
30.000 a.C.: Inspirado en la silueta de su suegra, un artista del periodo paleolítico esculpe sobre una piedra caliza la Venus de Willendorf. Es la primera gorda de la que se tienen noticias.
2.500 a.C.: Los egipcios, por puro sadismo, inventan la balanza.
428 a.C.: Se presume que los dueños de los gimnasios pagan al filósofo griego Plotino para que diga: “esculpe sin descanso tu propia estatua”.
190 a.C.: El dramaturgo romano Terencio proclama: “por temor a que parezcan atletas (las mujeres), conviene recortarles los alimentos ¡Éste es el justo proceder para amarlas!”. Aparecen, entonces, las anoréxicas.
1452: Nace Leonardo Da Vinci, quien esboza 33 modelos corporales idóneos basados en la geometría, origen del 90-60-90 que luego perseguirá Osmel Sousa para sus ninfas.
1600: Se populariza en Inglaterra el uso del corsé. Este año numerosas doncellas mueren inexplicablemente de asfixia.
1932: Nace Fernando Botero, pintor colombiano que reivindica en su obra los kilitos de más.
1985: Hasta entonces a nadie le mortificaba comer morcilla. Pero Michael Stuart Brown gana el premio Nobel de Medicina por aguar la fiesta anunciando los infames efectos del colesterol.
1959: Nace la muñeca Barbie. En las jugueterías se consiguen rubias, bailarinas, motorizadas… ¡pero ni de vaina una con celulitis y revolveras!
1974: El ginecólogo italiano Giorgio Fischer inventa la liposucción. La novedad lleva a más de una paciente pionera al otro mundo.
1996: Alicia Machado renuncia a las chinchurrias para no perder la corona de Miss Universo.
2001: Un estudio publicado por el Worldwatc Institute informa que Estados Unidos constituye la zona con mayor cantidad de obesos (a menos que se descubra que también hay panzoncitos en otros planetas).
2002: El médico norteamericano Helmut Smith afirma que, de seguir la gente tragando como lo hace, en un futuro todos seremos rechonchos como mecanismo de adaptación al medio ambiente.
2023: Los gorditos y gorditas, que ya conforman el grueso de la población, se organizan en hordas y queman gimnasios, tiendas naturistas y centros de estética, apoderándose definitivamente del planeta tras siglos de abuso y opresión.

domingo, noviembre 11

Buena presencia




Durante esta época del año se reproducen sobre las vidrieras ese cartelito que dice “Se solicita vendedora con experiencia y buena presencia”. Los establecimientos menos exigentes descartan el requisito de la experiencia; pero en lo que sí son inflexibles, como si de ello dependiera la rentabilidad del negocio, es en lo de la buena presencia.
El asunto plantea un enigma ¿Qué es exactamente tener buena presencia, ese trámite que por estos días disfruta de mayor impacto curricular que saber inglés o mecanografiar 60 palabras por minuto? Porque a alguien feo ya desde el kinderkarden los compañeritos se encargan de hacerle saber, con lujo de saña, su condición; mientras que a una persona decididamente hermosa le bastan los piropos a su paso, la fila de romeos bajo el balcón más las ofertas provenientes del mundo del modelaje y la tele, para advertir el excelente estado de su envoltura. Pero… ¿cuáles atributos -o ausencia de ellos- definen la buena presencia?
¿Será quien se bañe regularmente? ¿O alguien que lleve las uñas con pulcritud y ningún rastro de chicle en la falda o el pantalón? ¿Tal vez no participar del mismo perfil de Pepeto ya da la bienvenida al rubro? ¿O, si interpretamos la expresión literalmente, será una persona que es buena y hace acto de presencia? Sospecho que la buena presencia es algo así como la clase media del aspecto físico, un halago relativo, resistir balanceándose a mitad de la cuerda floja de la apariencia. Una señorita quedará muy desorientada si su pretendiente le dispensa la dudosa cortesía de decirle “Cielo, tienes buena presencia”; y hasta en boca de una madre, ese manantial de eufemismos y disimulos, la frase suena a algo así como: “Hija, puedes estar agradecida por como luces… ¡pero ni se te ocurra ir a plantarte ante Osmel!”. Ni muy muy, ni tan tan.
Para salir de dudas, pasé un rato frente a una joyería que mostraba dicho cartel en el aparador, con el fin de examinar a las postulantes que reclamaran el empleo derrochando buena presencia hasta por los codos. Fue una experiencia iluminadora.
Una chica dudó antes de entrar. Inmóvil frente a la vidriera, la aspirante al puesto simulaba contemplar la mercancía allí exhibida; pero era obvio que su mirada no cruzaba el vidrio sino que permanecía detenida en la superficie de éste, sobre el eco de su silueta en el cristal. Se le veía medir cada uno de sus rasgos, la caída del pelo, su relación peso-altura y quizá hasta la firmeza de su busto, con el propósito de definir si el conjunto respondía a los imperativos estéticos del local.
Otras (más por valerosas que por cumplir con la cláusula exigida) entraban con aplomo, llevando bajo el brazo una carpeta de manila con las copias de los documentos personales. Entre aquel improvisado desfile sobresalió una chica hermosísima, asistida por un atractivo muy superior al del resto de las competidoras. “El puesto es de ésta”, pensé.
Salió al minuto, visiblemente contrariada y con la carpeta entre las manos.
Los dueños de las boutiques conocen su negocio, saben que para la buena presencia de algunas clientas que se prueban una alhaja, resulta devastador compartir el espejo con una diosa.

martes, noviembre 6

La cesta navideña

Juro haber trabajado en una compañía que cierta vez incluyó en la cesta navideña de sus empleados una bola de mortadela en sustitución del tradicional jamón ahumado. Pese a desilusiones de este tipo, cada fin de año conservo la esperanza de recibir una canastilla plena de manjares con los que resolver la mesa decembrina. Y cada fin de año amarga es la realidad.
La ilusión se esfuma con el envoltorio de celofán. El análisis a los artículos allí enquistados arroja los mismos sospechosos de siempre. Una fija es el vino espumante o -como suelen llamarle con notable optimismo- champañizado ¿Ha llegado usted a brindar con esta bebida sorprendentemente parecida a la manzanita? Convengamos que al principio se deja correr; pero no se confíe pues, a golpe de la tercera o cuarta copa, comenzará usted a mostrarse meloso con las personas mayores o a estrellar sillas contra el piso. El ratón dura hasta el Día de Reyes.
El queso amarillo tiene de holandés lo que yo de noruego; y es un desafío para la salud dental de los comensales ese trozo de anime salpicado con esporádicas almendras que son los turrones de las cestas navideñas. Eso sí, si sufre de manchas en el cutis, no dude en restregarse sobre la superficie afectada un par de las uvas que decoran dichos paquetes chilenos, y cuyas enzimas cítricas superan las cualidades astringentes del limón o el semeruco.
Para las empresas con muchos empleados resulta inmanejable obsequiarle una cesta a cada trabajador, dilema zanjado mediante un perverso mecanismo: rifarlas. Si hay, por ejemplo, doscientos empleados, se sortean cuatro cestas. Es ahí cuando descubrimos la autenticidad de los compañeros que suponíamos eran nuestros amigos. He visto a más de una secretaria echar abajo la reputación de la comadre que le consiguió el empleo en su misma oficina, porque ésta le ganó la cesta o se negó a cambiarle el panetón por una bolsita de nueces.
Dirán que soy un malagradecido, que no todas las organizaciones públicas o privadas tienen a bien mimar a sus trabajadores con tan gentil detalle. Pero es que, en las actuales circunstancias, una cesta navideña digna de gratitud sería aquella que contemple un kilo de azúcar, un pote de leche en polvo más dos rollitos de papel toillete, y no ese enigma que aflora una vez consumidas las exquisiteces: qué hacer con la cesta propiamente dicha.
La salida es arrumarla en un rincón para poner periódicos y revistas, o acondicionarla como sala de parto de la gata; hasta que, luego de meses de entorpecer el paso por aquí y por allá, a eso de abril o junio, es enviada a coronar el bote de la basura mientras se reflexiona, en un destello de lucidez, sobre lo caro que salió aquel taxi que la trajo a casa.