martes, noviembre 6

La cesta navideña

Juro haber trabajado en una compañía que cierta vez incluyó en la cesta navideña de sus empleados una bola de mortadela en sustitución del tradicional jamón ahumado. Pese a desilusiones de este tipo, cada fin de año conservo la esperanza de recibir una canastilla plena de manjares con los que resolver la mesa decembrina. Y cada fin de año amarga es la realidad.
La ilusión se esfuma con el envoltorio de celofán. El análisis a los artículos allí enquistados arroja los mismos sospechosos de siempre. Una fija es el vino espumante o -como suelen llamarle con notable optimismo- champañizado ¿Ha llegado usted a brindar con esta bebida sorprendentemente parecida a la manzanita? Convengamos que al principio se deja correr; pero no se confíe pues, a golpe de la tercera o cuarta copa, comenzará usted a mostrarse meloso con las personas mayores o a estrellar sillas contra el piso. El ratón dura hasta el Día de Reyes.
El queso amarillo tiene de holandés lo que yo de noruego; y es un desafío para la salud dental de los comensales ese trozo de anime salpicado con esporádicas almendras que son los turrones de las cestas navideñas. Eso sí, si sufre de manchas en el cutis, no dude en restregarse sobre la superficie afectada un par de las uvas que decoran dichos paquetes chilenos, y cuyas enzimas cítricas superan las cualidades astringentes del limón o el semeruco.
Para las empresas con muchos empleados resulta inmanejable obsequiarle una cesta a cada trabajador, dilema zanjado mediante un perverso mecanismo: rifarlas. Si hay, por ejemplo, doscientos empleados, se sortean cuatro cestas. Es ahí cuando descubrimos la autenticidad de los compañeros que suponíamos eran nuestros amigos. He visto a más de una secretaria echar abajo la reputación de la comadre que le consiguió el empleo en su misma oficina, porque ésta le ganó la cesta o se negó a cambiarle el panetón por una bolsita de nueces.
Dirán que soy un malagradecido, que no todas las organizaciones públicas o privadas tienen a bien mimar a sus trabajadores con tan gentil detalle. Pero es que, en las actuales circunstancias, una cesta navideña digna de gratitud sería aquella que contemple un kilo de azúcar, un pote de leche en polvo más dos rollitos de papel toillete, y no ese enigma que aflora una vez consumidas las exquisiteces: qué hacer con la cesta propiamente dicha.
La salida es arrumarla en un rincón para poner periódicos y revistas, o acondicionarla como sala de parto de la gata; hasta que, luego de meses de entorpecer el paso por aquí y por allá, a eso de abril o junio, es enviada a coronar el bote de la basura mientras se reflexiona, en un destello de lucidez, sobre lo caro que salió aquel taxi que la trajo a casa.

3 comentarios:

Deya dijo...

Jejeje
Se te olvidó mencionar unas laticas de atun. Me han dicho que brillan por su ausencia.

Clara Gescovich-Pepe Curti dijo...

Por estos pagos de Dios si te regalan una sidra y un pan dulce date por satisfecho!! y suelen ser de mala calidad para abajo...

Anónimo dijo...

EN UNA EMPRESA DONDE YO TRABAJABA ERA LA UNICA EMPLEADA Y ME DIERON UN FRANGELICO (COSA QUE NADIE TOMA PORQUE ES HORRIBLE) Y UN PAN DURO.