lunes, septiembre 1

Con el ñame pela´o

Ahora cualquier ingrediente se consigue ya listo para cocinar. Si usted apetece un sancocho, por ejemplo, los automercados ofrecen bolsitas de polietileno con el ñame, el jojoto, el ocumo y hasta la yuca adaptados a las dimensiones de un bocado promedio, atenuando el trajín de cocinar a la mera colocación de tan oportuno reca´o de olla sobre la hornilla; mientras, la guasacaca y la salsa de espagueti cuya preciosista elaboración era motivo de orgullo para nuestras abuelas, hoy vienen en presentaciones de diversos mililitros, con o sin sal.
Muy bueno que ya no se tenga que ordeñar una vaca como preámbulo a la preparación del café con leche, pero tanta condescendencia culinaria terminará aboliendo una de las más eficaces estrategias de manipulación conyugal: no hay mayor astucia que la ejercida por una mujer cuando, durante el proceso de limpiar la panza para el mondongo, recibe con una mirada de abnegación al marido salido del sofá en procura de otra cerveza de la nevera, instante esperado por ella para emitir un suspiro mientras con el antebrazo disipa el sudor de su frente. Son señales de agotamiento cuya lectura no es otra que la que sigue: “¡Mira a esta santa, a esta mártir que luego de tamaña entrega se conformaría con una entradita al cine o aquellos zarcillos que te enseñé el otro día en el centro comercial!”. El propio guiso.
La estrategia es unisex y durante mis incursiones gastronómicas, practico la vieja maniobra de hacerme con el cuchillo un tajito en el dedo o de pegarle la rodilla al horno caliente para no dejar duda de que con la confección de un pasticho pongo en riesgo la vida. Pero si los alimentos procesados (en combinación con las picadoras y demás armatostes que “trabajan por usted”) convierten el acto de cocinar en una tarea sin complicaciones… ¿cómo generar remordimiento en la pareja y los hijos cuando estos se asomen a la cocina? Si comparecer ante los fogones perdiera plenamente su categoría de sacrificio y la gestación del banquete se redujera a oprimir los botones del microondas… ¿cómo aspirar luego a la gratitud o -en no pocos casos- al sentimiento de culpa entre los comensales?
Hasta sospecho que estas trochas culinarias disparan los índices de divorcio ¿Por qué antes los matrimonios duraban tanto? Aventuro una tesis digna de estudio: los maridos de ayer vivían paralizados ante la pasmosa habilidad de sus mujeres al momento de asestarle un palo e´ cochinero al lechón, o de torcerle el cuello a la gallina prevista para la ensalada. Perdida esa destreza gracias a la gallina desplumada, deshuesada y ¡hasta sazonada! sobre los estantes del automercado, ahora pocos señores temen a las represalias al momento de cerrar tras de sí las puertas de la vida en común.
Y ni de lejos aparecerse con las entraditas al cine o aquellos zarcillos del centro comercial.

2 comentarios:

parafrenia dijo...

tambien cabe la posibilidad de que ahora sea mejor para los hombres considerando que no solo no tienen habilidad para cocinar y tampoco para asestar un palazo

Linus Lowell dijo...

Si los de mercadeo se pusieran las pilas podrían vender junto a las verduras peladas del sancocho una bolsita con las conchas del ñame y hasta las plumas de la gallina, para que el ama de casa que quiera seguir manteniendo la sana estoicidad culinaria pueda simular que cocina ante los espectadores de turno.