viernes, diciembre 17

Nostofobia


Me intrigan esas personas que proclaman “vivir la vida a plenitud”, las que hoy se lanzan en paracaídas y mañana vuelan en parapente, esperando ansiosas un asueto prolongado para recorrer lodazales sobre un vehículo rústico o hundirse en las profundidades mediante la práctica del submarinismo, esas personas que casi todas las tardes van al cine o a cenar o al teatro o a un concierto y hasta a verbenas escolares si no sale mejor plan, los mundanos inagotables que desde el jueves escarban la agenda en procura de un cumpleaños o una boda donde sobrevivir a las noches de sus fines de semana.
Sospecho que tal empeño por saturar de sensaciones cada uno de los sentidos, el afán de adrenalina y de llenarse de barro hasta el cuello, esconden en su reverso una tragedia: la intolerancia al silencio, y es en casa donde con mayor fuerza clava sus uñas la claustrofobia de hallarse encerrado dentro de sí mismo así que a empacar maletas antes de que, tal como ocurre en esas escenas del cine y la tele, las paredes de la habitación comiencen a moverse hasta tocarse entre sí y aplastar al ocupante. Para muchos de estos inquietos que no soportan ni un cuarto de hora sin compañía ni música dentro del auto, el hogar no es el sitio a donde se llega sino de donde se parte, un inmueble para pernoctar o en todo caso para llenar de invitados de manera que las conversaciones y los brindis ahuyenten la oportunidad de escucharse a sí mismos o, peor todavía, el descubrimiento de que no tienen nada que decirse.
Por supuesto que ciertos paisajes ofrecen condiciones epidérmicas para la reflexión, pero dudo que la cumbre de una montana contenga más verdades que el linóleo que va de la nevera al lavaplatos o, como mejor lo dijera aquella baronesa abrigada bajo el seudónimo George Sand, “mis viajes más bellos, los más dulces, los he hecho al calor del hogar, con los pies en la ceniza caliente y los codos reposando en los brazos desgastados del sillón (...). ¿Por qué viajar si no se está obligado a ello? Es que no se trata tanto de viajar como de partir; ¿quién de nosotros no tiene algún dolor que distraer o algún yugo que sacudir?”. La soledad está llena de marismas y pendientes que acobardarían al más resuelto de sus practicantes, de allí las muchas otras vías -navegar en red hasta que venza el sueño, las horas extra en la oficina sin que el jefe las solicite, los brazos del amante- tomadas para evadir ese deporte aún más extremo y vertiginoso que significa permanecer callado durante cinco minutos sobre el mueble de la sala.
A esa angustia por la primera persona se le ha dado uno de los nombres más hermosos que pueda recibir una aversión, nostofobia, el “miedo persistente e injustificado a estar o regresar al hogar”, aunque lo de injustificado quizá no sea del todo cierto y sobran los motivos a los que temer pues tras volver de una travesía e introducir la llave dentro de la ranura de la puerta, el expedicionario sabe que adentro se espera a sí mismo.

Ilustración: Irene Pizzolante
irenepizzolante@gmail.com
http://irenepizzolante.com

4 comentarios:

Rafael Jiménez Moreno dijo...

"Ese deporte aún más extremo y vertiginoso que significa permanecer callado durante cinco minutos sobre el mueble de la sala". ¡Magistral Cástor! ¡Y qué verdadero! Recibe mis mejores deseos para Navidad, querido amigo.

Yudith dijo...

Hola Castor! Feliz Dia de Navidad! El niño Jesus vive dendro de cada uno de nosotros quienes creemos en el! Mis mejores deseos para esta y las venideras navidades! Besos

Cástor E. Carmona dijo...

Qué puedo decirles, desearles, amiga Yudith, entrañable Rafa, sino lo mejor de este mundo

Anónimo dijo...

Que cierto lo que dices, el dolor de poner la llave en la ranura, para mí, solo es similar a la sensación de aterrizar a "tu ciudad" y volver a sentir que estás pisando ese suelo que te recuerda tanto a ti.

Nostofóbica