viernes, mayo 24

Desidia



La reacción fue inmediata. Apenas aquel extraño me pidió que le facilitara mi teléfono móvil con el propósito de avisar a sus amigos, mediante un mensaje de texto, dónde se encontraba, vinieron a mi mente esas pavorosas historias escuchadas mil veces pero con un mismo desenlace, la del muchacho que corre hasta perderse por la calle con el teléfono en mano y/o le arrebata la cartera y el reloj a su crédula víctima. Como un acto reflejo (la escena transcurrió como un relámpago, en no más de cinco segundos), respondí con un tajante “No” y reanudé la marcha, podría decirse que huí, en dirección a la esquina donde se hallaba un grupo de personas.
El gesto de socorrer al prójimo se ha convertido en un riesgo que no estamos dispuestos a tomar, la solidaridad zozobra entre el miedo. Son muchas las ocasiones en que hemos escuchado -y dicho- la advertencia de pasar de largo al automovilista varado a un lado de la vía, incluso si se trata de una mujer con un tripón en brazos o de una embarazada cuya preñez quizá solo sea un simulacro de trapos. Nada de favores a extraños. Ni siquiera a ancianos o niños. Hasta la viva estampa de José Gregorio Hernández se insinúa hoy como un indicio de amenaza.
Esta neurosis no nos es exclusiva y otras ciudades del mundo no escapan del pánico ante el prójimo, en Ciudad de México y Madrid es meterse en la boca del lobo dar la hora a un extraño, el primer consejo de los guías turísticos parisinos consiste en callar y apurar el paso si en plena calle un desconocido solicita las señas de una dirección. Apenas recuerdo cuando aquí no era tan así y hoy es una aventura antigua tenderle la mano a la anciana que va cargada de bolsas por la acera. ¿Se encontrará su cómplice aguardando en la esquina? ¿Llevará esta doñita una vaina rara dentro de la faltriquera?, nos preguntamos mientras dejamos atrás a la malhechora potencial.
¿Paranoia? ¿Manía persecutoria? Para el psiquiatra español Enrique González Duro, el pensamiento paranoide es rígido e incorregible: no tiene en cuenta las razones contrarias, sólo recoge datos o signos que le confirmen el prejuicio, para convertirlo en convicción. Los periódicos y las redes sociales nos traen a cada hora noticias de sujetos sometidos tras cometer la irresponsabilidad de ser espléndidos. El hampa agrega entre sus víctimas la confianza en el otro. Se encrespan los prejuicios. La desidia ha pasado a ser otro rasgo de nuestro temperamento. Tratamos la calle como una mujer que te pegó cachos y se ha de estar ante ella en permanente estado de alerta.
Ya no somos solo gente espantada sino también forzada a ser egoísta, glacial ante el abatimiento ajeno, en fin, mierdas, encerrados en nuestras casas pero además, y más asfixiante aún, dentro de nosotros mismos. Mejor decir aquí se hizo el loco que aquí ayudó y cayó.
Tras el episodio con aquel sujeto y el teléfono, repasé que había alternativas diferentes a la huida, quizá escribirle el mensaje yo mismo; nadie asegura que mañana sea uno el extraño que olvidó el teléfono en casa y deba enviar un mensaje urgente o suplicar auxilio desde el hombrillo de una carretera oscura o pedir prestado un baño, y solo obtenga como respuesta una puerta trancada sobre las narices. Aquel espacio de goce que seguía a la realización de un gesto generoso, hoy lo ocupa el remordimiento.

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