Terapia

Algo se aprende de ver mucha televisión, y es que los gringos tienen un terapeuta para todo. Porque película norteamericana sobre crisis existenciales o de pareja donde no salga a relucir un terapeuta, no es película norteamericana. Si el muchacho de la casa no barre el cuarto, lo mandan al terapeuta. Y si lo barre mucho, doble sesión de terapia con eso. Hasta he visto películas donde el marido insistentemente le cae a carajazos a su mujer, pero ella no resuelve denunciarlo a la policía sin antes pasar por el consultorio del terapeuta, quien le sugiere ir a la policía, donde la agente más comprensiva de entre el grupo de funcionarios aconseja, para superar el trauma… acudir a un terapeuta.
En esta orilla del mundo estamos a años luz de tan sofisticadas técnicas profesionales. Aquí, si una doñita advierte que su matrimonio no camina, elige opciones menos facultas, a saber: 1) Echarse las cartas para que la bruja de cabecera anuncie qué anda mal en la relación; 2) Confiarle el problema a la comadre que, luego del diagnóstico de rigor -“ese hombre tuyo es un perro”-, acompaña a la doña a echarse las cartas donde la bruja de cabecera; y 3) Olerle aplicadamente los interiores al marido con el propósito de verificar la hipótesis del cacho y, acto seguido, hacer volar por los aires ollas y sartenes para animado esparcimiento de los vecinos.
Claro, la cosa varía según la clase social en la que radique el afectado. En la que yo me muevo, atentos a cómo carrizo pagar el recibo de la luz, la resolución de rollos perito de por medio es una delicadeza remota. A eso se suma el temor a que si los compañeros de trabajo se enteran de que uno asiste al “especialista”, nos descubriremos al poco tiempo viajando sin compañía en el ascensor, o a la hora del almuerzo comiendo solos en una esquina del cafetín, acechados de reojo por la mirada inquieta del resto de la nómina. La permanencia en la antesala del consultorio es otra difícil prueba. En una consulta convencional, por ejemplo, aguardamos nuestro turno intentando adivinar las enfermedades de los compañeros de espera, éste es seguro una ulcera y aquel una colitis. Donde el terapeuta matrimonial, los minutos transcurrirían presumiendo por qué esa mujer lleva lentes oscuros y aquel tipo una quemada de plancha en el antebrazo.
Aunque, sin duda, el mayor agente que atenta en nuestro país contra la industria del psicoanálisis, es que aquí todos somos psicoanalistas. No importa si el vocero consultado cargue con cuatro divorcios encima más dos años sin ver a la madre, aquí todos están prestos a ofrecer consejo y sugerir a otros con una soltura que ni el mismísimo Sigmund Freud, cómo retomar las riendas de la vida:
- Ando depre porque no tengo trabajo, mis hijos no me hablan y la mujer se me fue de la casa –confía un señor a su mejor amigo, ambos acodados en la barra de un bar, típico diván latinoamericano.
- Pero, chico –responde el pana con actitud de PHD en Harvard-… ¡Eso se arregla con un culito!


casillero







1 Comments:
Genial este post. Cierto es que cualquier solucion es "mejor" que hablar la vaina con el afectado/a, y siempre es mejor consultarlo primero con cualquier persona ;) Saludos!
4:41 PM
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