lunes, octubre 1

Yo te hago ese Partenón

Conseguir una buena pareja es difícil, pero no tanto como encontrar un buen albañil. Tras años de cañerías que gotean a la semana de su colocación, de baldosas trémulas al contacto con el pie, reproduzco aquí mi experiencia con la que de seguro muchos de ustedes se identificarán (si siguen vivos, si aún no les ha caído encima el machihembrado cosido a punta de teipe y silicona):
“Esa mampostería es un asco”
Cuando el tipo de albañil al que me refiero recorre el inmueble donde solicitaron sus servicios, su primera acción consiste en desprestigiar la obra del colega que lo precedió (“ese zócalo es una estafa” o “¿y usted pagó por esta porquería de encofrado?”). Es que si lo llevan a la Capilla Sixtina, el cuestionador implacable no demorará en reprochar el pésimo acabado del techo, afirmando que más de una vez le ha tenido que sacar las patas del barro al chimbo de Miguel Ángel Buonarroti. Uno jura que ahora sí la pegó.
“Yo te hago ese Partenón”
Son multidisciplinarios. La mayoría dice ser electricista, pintor de brocha gorda y fina, carpintero, plomero, herrero, jardinero, ebanista e ingeniero geodésico, todo en uno. Si usted demanda una pirámide en el patio, el polifacético ni pestañeará al asegurarle: “¡Cómo no! ¿Acaso usted no sabe que yo frisé la de Giza?”.
“El pago en dos partes”
El contrato verbal consistente en la cancelación de la primera cuota de los honorarios al inicio de la obra, y el resto al final, vence cada viernes por la tarde, cuando usted será embestido por una mirada de personaje de anime japonés a punto de romper en llanto, en compañía de la solicitud de “una fuerza”.
“En una semana está listo”
El tiempo prometido para la conclusión del trabajo, multiplíquelo por tres (si tiene suerte).
“Esto y nada más”
Olvide que los gastos terminan en la lista de materiales de construcción requerida en un inicio: le sugiero mudarse a la ferretería y así evitar los dos y hasta los tres viajes diarios en busca del tomacorriente faltante u otro saco de cemento ¡Ah!, y al final, reserve un espacio en el balcón para las 38 cabillas y los 106 bloques sobrantes.
(Silencio)
¿El señor no habla porque está concentrado en su trabajo? Sí, Luis. Es un grabador encendido que, ya en casa o al compartir con sus compañeros, reproducirá que a usted su señora le alza la mano eventualmente.
“¿Le gustó el trabajo?”
Por favor, diga que sí. Es desaconsejable ponerse Popy con sujetos duchos en el manejo de sopletes, sierras eléctricas y cortafríos; mucho menos negarse a pagar porque no le gustó el resultado. Trague grueso y despídase con una sonrisa. De esto dependerá que a última hora el personaje enrosque el tornillo necesario para evitar que el ventilador de techo recién empotrado sobre la mesa del comedor, caiga justo a la hora de la cena.
Que se lo digo yo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

ah! todavía puedo reirme...!

Mariale divagando dijo...

jejeje
me reí mucho con la última!