Es agobiante el trabajón que afronta un marido cuando su esposa sale de viaje. El primer desafío, sin duda, es reaccionar apropiadamente al momento de conocer la noticia. Bajo ninguna circunstancia se recomienda encender de inmediato y a todo volumen el equipo de sonido o asomarse al balcón del apartamento para gritar “¡Carpe diem! ¡Carpe diem!”, debido a que tales reacciones podrían despertar sospechas, por lo que se sugiere evocar eventos desafortunados que reemplacen la sonrisa ante el reencuentro con la soltería, por un gesto de tribulación.¡Pero tampoco sobreactúe! Y mucho menos durante la despedida, no vaya a ser que a última hora la doña se arrepienta y aplace el viaje. Romper en llanto es un muy inverosímil exceso dramático; mientras decidirse por patear con furia las papeleras del terminal aéreo o terrestre llamaría la atención de los agentes del orden. De allí que cuando le corresponda despedir a su esposa que sale de viaje, exteriorice una sobria pero sentida muestra de dolor, apenas un cavernoso lamento manifestado en clave de susurro, del tipo: “¡Qué vaina, mi vida! Pero me llamas en cuanto llegues, ¿sí?”.
Sigue resolver un rosario de enigmas ¿Cómo enfriar las dos cajas y media de cervezas en un freezer de 8 pies que tira escarcha? ¿No hay suficientes sillas para el torneo de dominó? En torno a la primera vicisitud, se recomienda disponer con antelación de una neverita ejecutiva; para lo otro, tenga a mano el número telefónico de una agencia de festejos. Pero aún no es hora de perder el conocimiento, que queda la incógnita de los testigos oculares. Para solucionar esta disyuntiva, puede usted fingir un súbito brote de dengue y enviar a sus hijos a casa de la suegra (sería muy reprochable dejarlos a las puertas de un orfanato mientras dure la ausencia de la progenitora).
El ajetreo requiere las energías de un atleta. Padecer largas colas en el automercado hasta conseguir el solomo de cuerito para la parrilla, decirle al Dj que pare cada vez que repica el teléfono, combatir las alimañas que al segundo día comienzan a reproducirse entre la pila de platos sucios, sobornar a los funcionarios policiales para que desestimen las denuncias por alteración al orden público formuladas por el resto del vecindario, o –en caso de los perfeccionistas- empotrar en medio de la sala un tubo de metal cromado y mover los muebles para un mejor desenvolvimiento de la estripper durante el baile.
La esclavizante jornada se prolonga hasta el último minuto, cuando –coleto y trapito en mano- se han de borrar las huellas del cataclismo, del agobiante trabajón que afronta un marido cuando su esposa sale de viaje.

El vendedor me advirtió que se trataba de una licuadora inteligente, pero nunca sospeché que lo fuera tanto. La bicha calcula la longitud de la hipotenusa de un triángulo mientras mezcla un batido de níspero o, cuando espuma un Toddy, descifra el género al que pertenecen los ángeles, asuntos bastante obvios para los artefactos de última generación.
