domingo, julio 30

Sistema automatizado




Máquina: Buenos días, bienvenido al sistema automatizado de su banco. Para mayor comodidad y que no pierda tiempo al teléfono, ahora usted dispone de este moderno sistema que le hace más breve su comunicación. Si desea conformar cheques, marque 1. Información sobre nuestros servicios, marque 2. Si presenta problemas con el banco y desea formular un reclamo, marque 3.

Marcamos 3… para variar.

Máquina: Si el reclamo es porque a su saldo se lo chuparon los dizque altos costos de mantenimiento de la cuenta, marque 1. Si el cajero le descontó el precio de la liguita empleada para amarrar el dinero, marque 2. Si al utilizar un cajero automático no recibió el billuyo, marque 3. O si no entendió y quiere que repitamos la explicación que hasta un estúpido entendería, marque 4.

De la 1 a la 3 ¡carajo!

Máquina: Para sacarnos la madre, marque 1. Si quiere que lo metamos en nuestro archivo computarizado para el día en que venga a pedir el cacao de un préstamo, marque 2. Si insiste en marcar cualquiera de las opciones mencionadas y que en consecuencia su marido o esposa reciba por “accidente” los vauchers de la tarjeta de crédito que usted clandestinamente ha utilizado en moteles de la Panamericana, marque 4.

La 2, que a mí una máquina no me jode.

Máquina: Usted introdujo la opción Sacarnos la Madre. Recuerde que por su seguridad está siendo grabado. ¡Ah! y también recuerde lo del cacao. Si quiere que le contestemos “¡la suya!”, marque 1. Si se arrechó, no marque más un coño. Pero si por el contrario, desea que nos echemos unos palos y le eche el cuento de mi vida mientras limamos asperezas, marque 3.

Por curiosidad, la 3.

Máquina: Le cuento. No crea que es cosa fácil esta respondedera de llamadas por cuya grabación el banco paga cuatro míseras lochas. Yo quería ser como Viviana o Maite, pero me negué a operarme las tetas y recurrí a esto para llevarle el pan al carricito que me montó un muergano. Porque si cree que las voces de las máquinas contestadoras no tenemos también nuestro corazoncito y deseamos a nuestro lado unas cuerdas vocales masculinas para echarle bola a la vida, marque 1. O si opina que fui una güebona más, marque 2.

La 2, que a cualquiera le pasa.

Máquina: Así es, la misma güebona, compadre ¿Puedo llamarlo compadre? Pero es que con esta falta de hombres… están como los teléfonos públicos, lo que no están ocupados, están echados a perder o tienen una cola larguiiiisima. Entonces, qué me aconseja; si cree que debo darle una segunda oportunidad al muérgano ese, marque 1. Si cuadramos lo de los palos, marque 2. Pero si carece de efectivo para salir por ahí porque presenta problemas con el banco y desea formular un reclamo, entonces marque nuevamente la opción 3.
¡Ah!, y gracias por utilizar nuestro moderno sistema automatizado que le hace más breve su comunicación.

miércoles, julio 26

El drama de la viuda hermosa




Teresa de Sales, australiana de 39 años, enviudó luego de que el marido se ahogara durante un accidente laboral, debiendo emplearse para mantener a sus dos hijos ya que los tribunales de su país se negaron a otorgarle la debida pensión ¿La causa? Teresa –calificaron los miembros del juzgado- estaba demasiado buena. Una ley australiana de 1863, vigente hasta hoy, establece que si un hombre muere en un accidente de trabajo dejando viuda a un mujerón, a ésta no le corresponde resarcimiento económico alguno debido a sus firmes posibilidades de conseguir otro marido con que optimizar las finanzas. El fallo, abiertamente discriminatorio, debería movilizar a todas las esposas del mundo, es decir, viudas potenciales. Particularmente si son hermosas.
A una viuda sin mayores atributos físicos, los allegados se le arriman en la funeraria a palmearle el hombro mientras subrayan lo buena gente que fue el difunto en vida. Una viuda hermosa puede que entrañe en su pecho el mismo dolor que una viuda común y corriente, pero es tratada por el mundo de manera distinta, su duelo convoca sentimientos dudosos. Los hombres salivan ante la viuda hermosa como el cazador enterado de que una codiciada presa anda herida a la intemperie, en cuyo caso las estrategias de consolación no se orientan a exaltar las virtudes del finado, sino hacia el mañana promisorio que le aguarda a la beldad apenas sea sellado el féretro –“con lo hermosa que eres, tienes la vida por delante”-; para acto seguido invitarla a tomarse un café o hasta un whisky y “olvidar juntos esta pena”.
En el vecindario la viuda hermosa desata agrias hipótesis –“segurito lo mató para quedarse con los reales y/o porque tiene otro”-, prejuicio explotado hasta la saciedad por el cine, proliferando las películas donde una guapa doncella, durante el jaleo de la luna de miel, se escurre con sigilo para verter un polvo tóxico en la copa del marchito consorte. De allí que la viuda hermosa sea confundida irresponsablemente con la viuda alegre; o lo que es peor, con la viuda negra, esa especie arácnida que luego de aparearse aniquila al macho volcando la ponzoña de su boca situada –no faltaba más- a la altura del vientre.
A una viuda federica vista a pocos meses de la pérdida tomada de la mano de un tipo, se le alaba su capacidad de respuesta para sobreponerse al amargo episodio. Pero si es una viuda hermosa, le será destinado el apelativo de cínica, de fresca que no esperó a que se ajaran las flores del sepulcro para emprender sus sinvergüenzuras.
Hasta una huella de maquillaje sobre su rostro será motivo de reproche.
Y es que la hoguera donde arde la viuda hermosa se nutre de un rencor casi nunca confesado: casi todas las mujeres, al calor de un altercado marital, se han imaginado viudas, estado civil posible de obtener deslizando apenas el secador de pelo hacia dentro de la bañera del aseado cónyuge.
Arrecho de conseguir es lo de hermosa.

martes, julio 25

La cuenta




“¿Y en cuánto me saldrá esta gracia?”, piensa uno sobre el tapete de bienvenida porque, para quienes contamos con escasos recursos, el escalofrío de la cuenta se inicia en el mismo instante en que se cruza el umbral del establecimiento, desde donde trazamos conjeturas presupuestarias valiéndonos de indicadores tales como la decoración del sitio, si los mesoneros están uniformados o no, y -ya en la mesa- ese catálogo de traiciones que es el menú. Nuestra mirada escudriña temblorosa, no el inventario de platillos, sino el renglón de precios con el fin de tomar una decisión casi nunca basada en las recomendaciones del chef, sino en las cuatro lochas que llevemos en el bolsillo.
Pero ¡la hecatombe! Hay menús que no traen incorporados los precios, y como un ciego en medio de la autopista ordenamos los nombres menos sofisticados en el precario intento por reducir esa grima que rueda hacia la garganta sin siquiera haber descorchado la botella o saboreado el primer bocado. Imposible olvidarse: con cada visita del mesonero, el espanto vuelve a asomar sus dientes. La compañía, es obvio, establece diferencias. Si se trata de un prospecto amoroso, asumiremos el sacrificio con gallardía, que en estos casos la cuenta ocupa el carácter de una inversión; pero si es la esposita de siempre, exclamaremos sin empacho: “¿Y vas a pedir eso tan caro? ¿Por qué no pruebas mejor el espagueti a la boloñesa, que aquí es riquísimo?”.
La manera de solicitarla se subordina a la calidad del encuentro; si fue ameno, la cuenta constituirá un adiós muchas veces postergado por la del estribo. Aunque si el asunto resultó un fiasco, los contertulios estarán impacientes por pedirla, pero nadie se atreve pues sería admitir públicamente que preferimos ir a ver “Al Rojo Vivo” antes de continuar compartiendo con esta cuerda de pánfilos. Agotados los temas de conversación, la concurrencia improvisa barquitos con las servilletas, hasta que un valeroso arroja la interrogante: “¿Pedimos la cuenta?”, excusándose con que mañana hay que trabajar temprano. “¡Sí, sí, hay que trabajar temprano!”, consiente el resto a modo de coro griego, en un inaudito arranque de entusiasmo laboral.
Sólo si llegara a instaurarse en otro género de circunstancias, la liturgia de pedir la cuenta resultaría deseable. En el transcurso de un amor opresivo, amistades hipotéticas y desaires afines, uno debería disfrutar del privilegio de exigir el saldo adeudado, calcular su contraprestación en gratitud o moneda corriente, y levantarse dejando sobre el mantel la deuda saldada, el 10% para que no nos llamen pichirres, más la certeza de no volver allí de nuevo.

viernes, julio 21

Bouquet



La disputa que emprenden ciertas mujeres para adueñarse del bouquet arrojado por la novia a las puertas del templo, debería ser elevado a disciplina olímpica junto a aquellas categorías que exigen una notable destreza física, como las artes marciales, la lucha libre, o esas carreras de fondo en los que una atleta que ya corrió lo suyo deposita en manos de su sucesora el testigo, en este caso envuelto entre follaje y orquídeas.
La escena transcurre como en cámara lenta. Apenas el ramillete sale proyectado de las manos de la recién casada, las más audaces se alzan el vestido hasta los muslos o descargan un firme codazo sobre las costillas de alguna adversaria que, recuperado el equilibrio, aplica un gancho en el estómago de la siguiente mientras con la otra mano lanza un swing justo a la quijada de una madrina desprovista de resguardo. Cuando gracias a la fuerza de gravedad el manojo concluye su arco en el aire, las sobrevivientes se abalanzan como jugadores de fútbol americano tras el balón; mientras las pusilánimes (aquellas que sólo levantan sus brazos a la espera de que un marido caiga del cielo, entre lirios y calas) recogen la tapita desprendida del zapato o enjugan con disimulo el resto de sangre que mana de sus labios.
Durante una boda los solteros que desde una esquina observamos el lance con la minuciosidad de un entomólogo, clasificamos a las solteras de acuerdo al grado de vehemencia con que se arrojan sobre el trofeo. De este análisis surgen dos categorías básicas:
1) Las Basquetbolistas, que persiguen el ramo como si se tratase de la pipeta contentiva de la vacuna contra el cáncer. Los solteros advertimos la angustia de éstas por un marido, reaccionando entonces de dos únicas formas: los ajenos al compromiso las descartan de inmediato; mientras los maliciosos encuentran en espécimen tan desesperado a una presa fácil para calentarle el oído a punta de promesas y, a la mañana siguiente, luego de una noche de caricias azarosas, si te he visto no me acuerdo.
2) Las Incrédulas, quienes renuncian a participar en una tradición que catalogan de cursilísima. A este rubro pertenecen las feministas, las intelectuales, las lesbianas, y aquellas que reúnen en una misma condición todas las categorías anteriores. Aunque he aquí un dato: para algunos solteros, Las Incrédulas en ocasiones resultan mucho más interesantes: la tibieza demostrada ante el amuleto matrimonial ejerce el atractivo de un reto, la impronta del desafío.
Si la vencedora acudió al evento con su novio, de inmediato le dirigirá a éste una mirada cómplice que lo hará sudar frío. Y de asistir sin compañía, olvídate que un buen partido la invitará a recorrer la pista de baile durante el festejo. La he visto permanecer sola, apenas alentada por aquel pájaro de mal agüero anidado en el regazo, esa florida maldición que a muchos hombres espanta.
De seguro llegará a casa a depositar su fe en un jarrón con agua, mientras los pétalos caen uno a uno, hasta la próxima boda de una amiga con mejor puntería, el combate venidero, la siguiente esperanza perfumada.