Mejor que ofrecer un consejo y que la otra persona lo siga, es ofrecer un consejo, que la otra persona no lo siga, le vaya mal, y luego irrumpir en medio de la tragedia con la siguiente frase colgada de la boca: “¡Ajá! ¿viste? Yo te lo dije”. Hasta hay profesionales en la materia, individuos que cruzan los dedos para que el aconsejado se desbarranque por desobedecer la recomendación, y así saborear esa superioridad típica en los profetas que nunca se equivocan.Esta sencilla frase genera y sostiene la reputación paterna. Si a un niño sus padres le advierten que no se suba a una mata de mango, pero el carricito desacata la orden y cae de bruces, sin duda el pequeño aprenderá la lección de no trepar allí de nuevo; pero, esencialmente, aprenderá que no oír a los padres trae terribles consecuencias. Y es que imaginen la tragedia que significaría para la credibilidad de un señor o una señora cuyo hijo, tras infringir el aviso, saboree sobre aquel árbol el fruto más dulce, la raya que hoy cargaría encima Mary Maxwell, madre de Bill Gates, de haberle dicho al hombre más rico del mundo -quien, por cierto, nunca terminó la universidad- cuando éste era un pelaíto apenas:
- ¡Muchacho! deje tranquilo ese perol y váyase a estudiar.
- Mami, es que se me acaba de ocurrir un software basado en ventanitas que se abren unas tras otras.
- ¡Qué ventanitas ni que ventanitas del carrizo! Agarre un libro de Derecho o de Medicina, que ahí es donde está la pomada.
Nada. Esa madre estaría hoy disminuida, de manos atadas para decir “te lo dije”. Abundan las expresiones equivalentes en los más diversos escenarios. “Te advertí que no le apostaras a tal caballo” o “eso te pasa por votar por ese candidato”. Ah, y el romance, fuente inagotable de “te lo dije” y su peor versión: cuando se reprocha en primera persona, cuando es uno quien interpreta para sí el rol de consejero no escuchado. “Yo me lo dije. Sabía que nunca me amó. Hace años que me lo dije”.
Claro, otro gallo canta cuando restregamos a terceros lo que resultó de desacatar nuestra sabiduría. No hay nada más hermoso. De allí que divulgue en las líneas siguientes una breve selección de mis mejores “te lo dije” ofrecidos, en su oportunidad, a panas que ignoraron mis iluminadas orientaciones:
“Compadre, no debió apostarle la casa y el carro a la Vinotinto”.
“Te lo repetí mil veces, Roxana, que borraras eso”.
“Yo te avisé que no te subieras a esa cerca, Henrique”.
“Hubieras dormido la rasca, Paris”.
“Irene, te previne de esa mala junta”.
“Carajo, José Luis, te advertí que no grabaras esa cuña de chicle”.
Y después no digan que no se los dije.


