Admito mi torpeza para los tratamientos profesionales. No sé, por ejemplo, cómo llamar a un abogado que recién conozca ¿Le digo “doctor Benítez”? Quizá; aunque, sin ánimo de restar méritos a los paladines de la cuestión jurídica, para mí doctor es quien tiene un Ph.D. o lleva colgado del cuello un estetoscopio ¿“Señor Benítez”? No creo, algo falta ahí. Supongo que lo apropiado sería “abogado Benítez” o “abogado” a secas, aunque esta alternativa me incomoda porque suena como si Benítez vino a embargarme.El caso es que un uso inadecuado de los tratamientos profesionales puede resultar catastrófico, y más de un “chef” desafiará con una tormenta de ollas al comensal que quite status a la sazón de aquél llamándolo “cocinero”. Decidirse por el nombre de pila tampoco es sensato: a muchos profesionales les disgusta que su interlocutor omita durante la charla el título que tan vistosamente enjoya sus tarjetas de presentación, la puerta del despacho y las firmas al pie de los mails. Otra salida invocada por muchos es decirle “maestro” a media humanidad; pero, a menos que se tratara de un representante del noble oficio magisterial, nunca he emplazado así a nadie, básicamente porque me suena pavoso.
El asunto se complica con los tratamientos no profesionales pues hay destinatarios que no desean el rango: en más de una ocasión he visto estallar un fuego homicida en los ojos de mujeres a las que he llamado “señora” en lugar de “señorita”. Muchas damas reciben con angustia esta imperdonable falta de delicadeza, como si de golpe la palabra les recogiera el pelo en un moño y las llevara a un zaguán a tejer puntos de cruz, junto a tías y madrinas.
¿Los hombres somos insensibles a estas fórmulas? Lo dudo. Da un fresquito cuando -cada vez con menor frecuencia- alguien me llama “chamo” a cambio del evidente “señor”, pese a que ya tenga estudiado los gestos para cuando me arrope el “don” (uno de mis favoritos y con el que un día comenzaré a recibir en casa a las visitas, es la expresión de Vito Corleone en “El Padrino”, donde, instalado en la butaca de cuero y con los ojos entrecerrados, agita los dedos índice y medio para hacerle entender al servil que puede acercarse).
Lo dicho revela el capital manipulador de los formulismos sociales. El atajo de llamar “muchacha” a la casera que visiblemente ya no ocupa esa categoría, logra metérnosla en el bolsillo en apenas una palabra. Si, por el contrario, usted desea vengarse de la cajera treintañona que se negó a cambiarle un billete de diez mil, la mejor pedrada es despedirse con perversa cortesía: “Está bien, y disculpe la molestia… do-ñi-ta”.
Pronunciado así, lentamente, para que cada sílaba hiera como una puñalada.


