16 diciembre 2011

En defensa de Diosa Canales

No quedan rastros de la tabla de dividir ni noción alguna de geometría, pero mi memoria almacena con pulcritud las apariciones de Iris Chacón en la tele de los sábados de mi infancia, cuando en ciertas noches “La bomba de Puerto Rico” aparecía a medio cubrir con un bikini de lentejuelas e interpretando aquella calórica estrofa según la cual “Si tu boquita fueeera… de mayonesa / Si tu boquita fueeera… de mayonesa / yo me la pasaría / besa que besa” y que desde las primeras líneas avivaba en casa un tumulto de maridos y cuñados embobados frente a la pantalla mientras tías y primas proferían abominaciones contra la vedette del vasto lunar sobre el párpado derecho.
Chacón, junto a la Tongolele -la del fantasmal rizo blanco en medio de la cabellera-, fue descendiente directa de la legendaria Joséphine Baker -la de la falda de plátanos-, y pionera tardía, latina y salerosa del vodevil y el burlesque; luego vendrían, con desenfrenos variables, Charityn Goyco, Rafaela Carrá, Susana Giménez, Silvina Luna, Mónica Farro, Belen Francese, mientras que en los ochenta la hoy primera actriz Fedra López estremeció al país agitando sus curvas en compañía de Juan Carlos y su Rumba Flamenca. A esa antigua orden de legionarias de la piel se incorporó recientemente la controversial Diosa Canales, de quien hablar pestes se ha convertido en una especie de deporte nacional.
La diva nacida en El Tigre le ha sacado el jugo, literalmente, a la máxima que reza “si la vida te da limones, haz limonada” (sabio principio cultivado por todos en su respectiva materia, si a ver vamos); lo curioso es la actitud de cierta crítica que pide que Diosa baje del escenario para irse a calcular la fórmula de la fusión fría o a escribir la novela americana del siglo. Es una vedette, damas y caballeros, y el fin primordial de una vedette es mover el rabo pasmosamente.
El sistema hipotético-deductivo arroja luces sobre las trampas de agarrarla contra Diosa Canales: partiendo de la generalizada pero no demostrada premisa según la cual “La gente inteligente habla mal de Diosa Canales”, se salta al segundo postulado: “Yo hablo mal de Diosa Canales”; en consecuencia: “¡Yo soy inteligente!”. Dicha lógica sufre sutiles variantes utilizadas por los vivarachos para sembrar alucinaciones en la mente de las mozas cuando éstas escuchan en una fiesta o leen en Twitter que sus parejas atacan a la diva: “Los hombres decentes hablan mal de Diosa Canales”, supone la ingenua damisela, así que si “mi marido/novio/pretendiente habla mal de Diosa Canales”, ergo: es una certeza casi matemática que “mi marido/novio/pretendiente es un hombre decente”. Sí, Luis.
Nadie duda que tras empotrar el tubo del striptease en la sala del PC, la Canales sobrepasó los límites de la vedette tradicional, así como que sus formas y modo de conducirse materializan en el imaginario femenino a la sátira que podría adueñarse, al menos entre las sábanas de la fantasía, del deseo del hombre en casa; lo que sorprende es el encono de algunos señores pues no imagino a esos mismos señores en la soledad de su habitación, atentos al famoso twitcam y -apenas Diosa se empelota o canturrea, como la Chacón de mi infancia, “…yo me la pasaría/ besa que besa”- tapándose con grima ojos y oídos para no presenciar semejante bochorno.

Si así pasara, señoras, ahí sí tendrían de qué preocuparse.

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13 diciembre 2011

De PIN a Twitter

Descubro el agua tibia al afirmar que la gente no es la misma por Twitter que por PIN. Cuando se visita un restaurante de lujo, por ejemplo, de inmediato los dedos saltan al teclado del teléfono móvil para presumir del boato en la red social del pajarito: “Fabuloso el restaurante X, una exquisitez para los sentidos ¡No dejen de venir!”; pero si nos detenemos en un puesto callejero para saciar el hambre con un mugrosito, ¡ni locos! vamos a rayarnos publicando en Twitter tamaña ordinariez, por lo que la falta de garbo queda relegada al PIN, que, por su carácter íntimo, emana mayor franqueza.
El mismo teclado nos conduce a esferas diferentes, la pública y la privada, convirtiendo a muchos usuarios en una especie de bicho de dos cabezas que no solo se limita a seleccionar los mensajes convenientes para uno u otro medio, sino también a caer en la contradicción de decir una cosa en casa (PIN) y otra muy diferente en la calle (Twitter): en la primera soltamos verdades brutales, mientras en la segunda nos esmeramos en esculpir la imagen que anhelamos proyectar, mantener el buen gusto, ser políticamente correctos y moralmente aceptables, es decir, meter la coba o, a lo sumo, arropar la sinceridad con los velos de los eufemismos y las indirectas.
La doble moral ahora levanta tienda en los medios electrónicos, pero es imposible mantener las apariencias por largo rato y llega el instante en que el bicho de dos cabezas termina mostrando los pies; para facilitar la tarea de reconocimiento, traigo en líneas sucesivas algunos ejemplos con los que muchos bicéfalos se pasean en paños menores por PIN mientras corren a ponerse su mejor traje cuando toca figurar en Twitter:
- Un poeta se frota las lagañas mientras escribe un verso de amor. PIN: “Me saco las lagañas”. Twitter: “Escribo un verso de amor”.
- Es asesinado el dictador de un país lejano. PIN: “¡Qué bueno que mataron a ese desgraciado! Desde hace mucho merecía arder en las llamas del infierno y no solo él sino también toditica su familia”. Twitter: “La muerte de todo ser humano es sagrada y merece respeto y consideración”. - Vamos al cine a ver Destino Final y entre los tráileres proyectan un adelanto de la más reciente película de Woody Allen. PIN: “Ahora el bululú es en un puente colgante”. Twitter: “No se pierdan Medianoche en París, del acrisolado Woody Allen #Imperdible”.
- Asistimos a la vinatería. PIN: “Tomé unos tragos y quedé mamando”. Twitter: “Estupendo el Château Petrus, con su mezcla untuosa al paladar y de un equilibrio superior al de cualquier Burdeos”.
- Sintonizamos Jersey Shore. PIN: “Marica, Snooky le ha vuelto a caer a trompadas a The situation”. Twitter: Silencio.
- Se le ofrece a la pareja una oferta romántica. PIN: “Cuqui, espérame despierta que esta noche te pongo como tarita de museo”. Twitter: “Que es amor dulce materia/para no sentir las horas/que por los amantes vuelan. Lope de Vega”.
- Respuesta de la pareja a la oferta romántica. PIN: “¡Aquí te espero, mi negro!”. Twitter: “¡Maravilloso el legado del afrodescendiente!”.

Ilustración: Irene Pizzolante irenepizzolante@gmail.com http://irenepizzolante.com

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Los monólogos de la vecina

Disculpe, vecino, que venga a molestarlo a esta hora; acudo a su amabilidad para ver si me regala un poquito de aceite de comer pues el que me quedaba se me acabó anoche y ya usted sabe lo difícil que está conseguirlo, pero en cuanto encuentre se lo devuelvo con creces. Es para aderezar una ensaladita, nada de frituras que, además de ser malísimas para los triglicéridos, dejan un terrible olor en el ambiente, como sin duda usted ha podido notar de otros apartamentos, donde fríen chuletas y pescado a cualquier hora del día y de la noche y los pasillos se ponen que no se aguantan de la hediondez, principalmente la vecina del piso de arriba, la de las mechitas, sí, esa, la que saca a pasear al perro a las áreas comunes y es ¡incapaz! de recoger las porquerías que deja esa bestia por ahí. Algunos inquilinos insisten en envenenarlo o hasta llevárselo por delante con las ruedas del carro, pero yo me he opuesto vehementemente a que le hagan tamaña crueldad a ese pobre animalito que no tiene la culpa, la culpa es de la dueña, esa sí merece arder en las llamas del infierno por desconsiderada. De paso le digo que la fulana lleva meses sin pagar el condominio aunque, eso sí, se compró hace poco un carro último modelo y viaja todos los meses al exterior, sabrá Dios en qué cosas anda, tan diferente a la muchacha del 5-C, esa sí que se mantiene al día con las cuentas, muy amable ella, a mí me saluda con mucho cariño y me ataja el ascensor cuando una está por montarse. Su único defecto es que es una depravada, siempre llega a altas horas de la noche con un tipo diferente y se le escucha rocheleando hasta el amanecer mientras el resto de los vecinos tiene que levantarse a primera hora de la mañana para ir a trabajar entre tanto ella sigue con la música a todo volumen y yo, que sufro de los nervios, me he negado a decir ni pío y mucho menos a dejar furibundos mensajes anónimos bajo las puertas de los otros apartamentos, usted sabe que no soy ese tipo de persona, pero una tiene un límite. A mi hija, la menorcita, no la de la cicatriz en la cara, el otro día le quiso buscar conversación, pero yo le prohibí terminantemente a mi muchacha que hiciera amistad con esa perdida, una tiene que velar por el bienestar de sus hijos y más las mías que son tan inocentes en las cosas de este mundo ¡Igualitas a su madre! Mi marido coincide conmigo en que la tipa es una desvergonzada, varias veces ha ido a reclamarle que le baje volumen al aparato y eso está horas y horas convenciéndola hasta que por fin ella desiste, pero el regaño solo le dura unos días y al otro fin de semana él tiene que regresar a ponerla de nuevo en cintura; pero ya verá, vecino, cuando gane las venideras elecciones de la junta de condominio ¡Rodarán cabezas! Comenzando con la guachafita de esa malviviente, como suelen llamarla en el edificio o al menos eso me han dicho las malas lenguas que aquí abundan pues yo sería incapaz de andar pendiente de la vida ajena y mucho menos no cerrar ni un ojo en toda la noche por permanecer asomada a la puerta y con las luces apagadas, como se dice, a contraluz, vigilando qué pasa en los alrededores, cada quien a lo suyo, como usted, vecino, que es todo un ejemplo para la comunidad, ni se siente ni nada… ¿Y por qué tanto silencio? ¿No me venga a decir que es un asesino en serie o algo así? Siempre tan misterioso. Y con lo interesantes que son los hombres misteriosos… Ahora me despido para irme a preparar la cena ¡Ah!, y no se me preocupe por el aceite de comer, vecino, déjelo así.

Ilustración: Irene Pizzolante irenepizzolante@gmail.com http://irenepizzolante.com

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25 octubre 2011

Molleja

Un amigo pregunta qué me pareció mi primer viaje por mar, tardo en responder mientras le doy chance a mi diccionario de sinónimos mental a que busque en su joyería deslumbrantes adjetivos tales como “imponente”, “grandioso” y “colosal”, revueltos entre las gemas “regio” y hasta “excelso”, aunque esos preciosos calificativos no alcanzan a expresar la carga emocional que me causó aquella masa de agua que es, cómo no, imponente, grandiosa, colosal, regia y de sobremanera excelsa… pero para todo maracucho el mar es esencialmente mollejúo.
Así se lo digo al amigo. “Mollejúo”. Me mira con extrañeza. Yo no encuentro mejor término para exponer la impresión generada por ese sinfín salado, y me impongo la tarea de averiguar los orígenes de la elocuencia de la molleja, palabra que, si a oír vamos, está lejos de ser la más sublime. Descubro entonces que así se le llama al segmento digestivo con que los peces, ciertos reptiles y algunas aves trituran finamente los alimentos, y que tan bien sabe en guisos y sopas. Los primeros zulianos, afanados en la pesca y la ganadería, se maravillaron ante las posibilidades culinarias de esta delicia que de las aguas y de los pastos saltó a la mesa y de allí a expresar cualquier situación que sobresalte las entrañas porque molleja es también una glándula timo próxima al corazón y emparentada con el griego thumos, de donde se deriva el alma, la ansiedad, el deseo y todas esas tribulaciones que se desatan en los rincones del pecho.
El aislamiento aplicado por las elevaciones andinas por un lado y el lago desde el extremo oriental, amuralló por largo tiempo las maneras orales del zuliano; luego -afirma Antonio Romero Prieto, lingüista y profesor jubilado de LUZ- el boom petrolero, los aviones y la apertura del Puente “General Rafael Urdaneta” le abrieron el paso a un lenguaje “culto” que procuró desplazar los localismos y estos huyeron azorados a protegerse en las conversaciones de confianza. De allí que el maracucho criado en el voseo tutea para marcar distancia -rasgo que delata, también, una vergüenza turbia-; pero una vez tocado por el afecto, el maracucho sella la amistad con un cálido “vos”.
Además de expresión admirativa equivalente al “¡na guará!” larense o el “¡caracha negro!” del llano, el “molleja” actúa como artículo, adjetivo, verbo o cualquier otro ingrediente de una frase; su versatilidad -apunta el escritor y estudioso del lenguaje José Rafael Hernández Fereira- atraviesa los muros construidos por la Real Academia y, así, el maracucho no corre, se esmolleja; nunca lo gana la locura sino que anda de mollejón; a cambio de una riña arma un mollejero y para olvidar un amor no se embriaga sino que se vuelve molleja.
Más que de lingüística o de regionalismos baratos, hablo de la relación sentimental que nos une a las palabras, de esa íntima e irrenunciable calidez que le da el corazón al diccionario y que a mí me lleva a sentir que como gallitos y no cotufas cuando voy al cine, y nadie me saca de la cabeza que en una busaca entran más cosas y es más resistente que una bolsa. Por eso “mamá” es la palabra más hermosa y cuando una persona me miente, no la envío a destinos insípidos como lo son el infierno y los diantres, qué va; yo mando a esa persona pa´ la verga.

Ilustración: Irene Pizzolante irenepizzolante@gmail.com http://irenepizzolante.com

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20 octubre 2011

Análisis del maleteo

Tras desaparecer de casa por un par de días o luego de una intensa pelea conyugal, más de uno enfrenta la penosa situación de encontrar sus cuatro trapos empacados y a las puertas de casa, desalojo que arroja dudas cruciales: ¿Ella está realmente brava o es puro teatro? ¿Se trata de un adiós definitivo o hay chance de reconciliación? ¿Será solo una indirecta para que llevemos los efectos personales a la lavandería? Partiendo de la premisa según la cual por la maleta se conoce al maleteado, las respuestas a todas esas preguntas reposan dentro del propio equipaje, cuyas características revelarán si la relación aún tiene futuro o llegó al ocaso:



Maleta en sí

El empaque que su señora eligió para meter los macundales es el primer síntoma a estudiar con aplicación. Si se trata de una bolsa negra de esas de botar la basura (y, de paso, con parte de la basura adentro), ya ella no lo ama y poco le importa que usted recorra las calles cual recogelata; pero si, en cambio, utilizó una de las piezas pertenecientes al costoso juego Samsonite, respire tranquilo, su amada no planifica partir de viaje y/o espera que usted regrese pronto ya que no va a ser tan gafa como para entregarle buenamente las lujosas valijas.



Con o sin rueditas

Ambas posibilidades ofrecen pistas desalentadoras. Si seleccionó la maleta con rueditas y hasta las aceitó, es que aspira a que usted se largue lo antes posible; la desprovista de rueditas significa que ella desea que le salga a usted una hernia lumbar.



Contenido

Los artículos depositados en la maleta ofrecen una data tan explícita como las evidencias en la escena del crimen. El cepillo de dientes y media docena de camisas componen el equipaje tradicional en estos casos, pero si a dichas prendas les acompañan sus interiores con huequitos en la rabadilla y franelas trasparentadas por el uso, ella no está dispuesta a servirlo en bandeja de plata y ansía avergonzarlo ante un posible amorío. El fuego de la esperanza sigue latente.



Condiciones y disposición del contenido

Pantalones planchados y camisas almidonadas son señales obvias de que ella aún se desvela por usted; contrariamente, maleta con las cenizas del guardarropa incinerado sobre la hornilla o en una fogata del patio, es un signo igual de preocupante a si la dama ocultó dentro de los compartimientos interiores navajas, alfileres, escalpelos o algún otro tipo de material punzopenetrante.



Lugar de colocación de la maleta

Al pie de la cama: su señora anhela que, del tramo que va de la alcoba a la puerta de la casa, usted pida disculpas y proseguir la relación. En la puerta de la casa: dense un par de semanas para reflexionar. A media cuadra de la casa: dense un par de meses para reflexionar. En el aeropuerto: vaya buscando abogado.



Omisión de la maleta

Que ella prescinda de la maleta y -cual mujer furiosa en una película italiana- improvise desde el balcón un diluvio de corbatas y calzoncillos, es una declaratoria pública de la ruptura, así que trague grueso, recoja de la calle aquel bochorno y parta a comprar su propia maleta que de la Samsonite no volverá a saber jamás.






Ilustración: Irene Pizzolante irenepizzolante@gmail.com http://irenepizzolante.com

12 octubre 2011

Echonear con elegancia

Ni muy locuaz que pase por fanfarrón, ni tan reservado que nadie se entere de que usted es un genio: publicitar las conquistas y/o atributos personales amerita tejer delicadamente los hilos del automercadeo para no hundir los pies en el barro de la falsa modestia, pero tampoco resbalar en el limo de la pedantería. Con el fin de alcanzar el apetecido punto medio, hoy traemos unos truquitos tras los cuales el mundo entero conocerá sus logros pero “casualmente”, como quien no quiere la cosa; así que tome lápiz y papel y manos a esa obra que es labrarse con humildad una reputación fulgurante:

Que lo muerda un caimán

¿Desea difundir su condición de trotamundos pero la audiencia exhibe signos de aburrimiento apenas usted abre el álbum con las fotos de viaje? Nada mejor que esparcir por la casa y plantar sobre el CPU de la oficina réplicas en miniatura de la Torre Eiffel, pegar la elocuente calcomanía de “I (corazoncito) NY” en el vidrio trasero del auto, y -un recurso extremo pero de gran eficacia- dejarse morder por un león africano o un tiburón del Océano Pacífico, cerciorándose de que el ataque deje una cicatriz en un lugar visible de su cuerpo de manera que cuando algún imprudente pregunte qué le pasó, usted se explaye a narrar la odisea.

Cargue con su progenitora
Los años de práctica han convertido a nuestra santa madre en una fervorosa relacionista pública; el truco está en llevarla con nosotros a aquellos lugares donde queramos que deslumbre la gloria personal. Eso sí, en medio del zalamero discurso materno, hemos de intervenir con la sonrojada frase: “madre, por favor… me estás avergonzando”.

Devotos online
Reproducir en Twitter los mensajes halagadores es una muy gruesa estrategia promocional, por lo que se sugiere el método de solicitar que sigan -el maravilloso #FF- a los usuarios que hablan maravillas nuestras de modo que los nuevos seguidores de esa persona reciban próximamente los primorosos comentarios que nos ensalzan.

El intelectual enigmático
Está demodé incorporar citas de autores japoneses o el manoseado “cogito, ergo sum” en el transcurso de una conversación con el fin de exponer una amplia cultura: hoy la tendencia es la maniobra inversa consistente en permanecer callado en una esquina del salón, negándose a participar en la charla de modo que los presentes sospechen tras el muro de silencio una sabiduría infinita.

El mail distraído

Si la pretensión es difundir que se está muy bien relacionado, la táctica es enviar un correo electrónico (digamos que para dar a conocer su nuevo número de móvil) a una lista abierta en la que se identifique a cada uno de los descollantes destinatarios. Luego, usted deberá disculparse por el “desliz”, pero ya el objetivo estará consumado.

Pavonee su “miseria”
Alardear de las riquezas es un atrevimiento que traerá como secuelas el acecho del hampa, de acreedores y de no pocos expropiadores, por lo que la modalidad dominante radica en fingir pobreza y presumir que se está comiendo un cable; maniobra con la que usted se verá impedido de lucir sus joyas y demás bienes materiales, pero que trae como sana recompensa seguir conservándolas.

Ilustración: Irene Pizzolante irenepizzolante@gmail.com http://irenepizzolante.com

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20 septiembre 2011

Viejo pobre

Tanto al viejo pobre como al nuevo rico los une la circunstancia de que un buen día -gracias a negocios lícitos o no, cosa que no viene al caso puntualizar aquí- lograron una enorme fortuna que los apartó definitivamente de la miseria; la diferencia entre ambos radica en que, mientras el nuevo rico vuelca su reciente riqueza en manifestaciones de echonería, el viejo pobre permanece varado en las rutinas de la escasez e insiste, por ejemplo, en almacenar monedas dentro de un frasco de mayonesa para, una vez que estas alcancen el tope, canjearlas en el banco por billetes de mediana denominación con el fin de cancelar el servicio eléctrico.
Así esté forrado en billete tanto o más que el nuevo rico, al viejo pobre no le hacen ni coquito los avisos de las tiendas Armani y los pies lo conducen maquinalmente a Mundo Graffiti cada vez que precisa sustituir el viejo par de pantalones. Saca de su bolsillo una calculadora para deducir el monto correspondiente a cada comensal luego de la cena en un restaurante, y aunque ahora pueda rebosar de delicateses la despensa, el pan con mortadela -en maridaje con un frío guarapo de papelón- sigue siendo su platillo favorito. Para algunos la pobreza se vuelve un instinto y al viejo pobre le es imposible abandonar la costumbre de detenerse en el semáforo para comprar, con los ojos hinchados de esperanza, un billete de lotería.
También existe la figura de la vieja pobre, generalmente esa señora vestida con una bata transparentada por el uso aunque ahora resida en un apartamento de una zona pudiente, y desde cuyo balcón monta una venta de chupi chupi, caramelos y cigarros; negada a visitar esos establecimientos donde a los clientes se les identifica mediante tarjetas plastificadas, recorre los mercados populares y allí echa pestes contra el alto costo de la vida porque ahora “los churupos no alcanzan para nada”. Tal rasgo define a este género: no pierde el hábito del lloro, de afligirse ruidosamente por la asfixiante situación económica:
- ¡El kilo de chocozuela está por las nubes! -se lamenta frente a una amiga.
- Chica… ¿y por qué no te traes una de tus millares de cabezas de ganado de alguna de tus haciendas?
- Ay, mi amor: con lo caro que sale el transporte y luego la luz para tener que congelar eso, no hay quien pueda.
Marcados por las cicatrices de una austeridad imborrable, poco valen los reclamos de los hijos (algunos de los cuales son inscritos en liceos y forzados a estudiar con libros de segunda mano “porque las penurias forjan el carácter”); tras prolongadas súplicas y acusaciones de tacañería, quizá el viejo pobre, al igual que el nuevo rico, se decida por adquirir un vehículo lujoso; aunque mientras el nuevo rico pide que le sea instalado GPS en la nave y no se detiene en la cifra al momento de firmar el cheque, el viejo pobre mantiene el tic del regateo y no deja de solicitarle una rebaja sustanciosa al vendedor del concesionario pues “la cosa está fea”. Pero que no llame a engaño tan acuciantes signos de estrechez ni el hábito de bañarse con totuma, que el viejo pobre tiene muy clara su nueva conciencia de clase y si por asomo alguien procura arrebatarle una locha del recién adquirido patrimonio, blandirá el chupi chupi como un sable, una cosa es ser modesto y otra muy diferente es ser pendejo así que bienaventurados los pobres pero ni de vaina la pobreza.





Ilustración: Irene Pizzolante irenepizzolante@gmail.com http://irenepizzolante.com

 
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