17 julio 2009

Ahora, ni cambiar un bombillo

Vaticino aquí la pronta aparición de un nuevo técnico de los oficios domésticos, el cambiador de bombillos, quien -tras ser ubicado en las páginas amarillas o a través de los avisos clasificados de la prensa- llegará a casa acompañado de un asistente más un maletín repleto de fusibles, voltímetros e interruptores fotoeléctricos. “Éste es un caso complejo que exige varios días de trabajo”, dirá tras el minucioso análisis aplicado a la lámpara de la mesita de noche, solicitando de inmediato una exorbitante suma de dinero por diagnosticar el problema, para comprometerse luego a entregar el presupuesto destinado a sustituir el bombillo quemado.
Ante la absoluta ineptitud exhibida por muchos señores -como quien firma este artículo- al momento de asumir menesteres como el cambio de un caucho espichado o el arreglo de una grifería, no queda otra salida que pedir ayuda a un especialista. Como última defensa de nuestra herida reputación de machos alfa, quedaba el gallardo gesto de subirse a un taburete para devolverle a cierto espacio de la casa el fuego iluminador. Gracias a la laberíntica complejidad alcanzada por el rubro de los bombillos, ahora ni eso.
Basta adentrarse en el pasillo de los bombillos de esas ferreterías tipo automercado (repletas de armatostes enigmáticos e inexplicables herramientas) para sumirse, paradójicamente, en las tinieblas de la impericia. En un lado y otro del corredor se confunden bombillos incandescentes y de halógeno, reflectores, compactos, algunos con el tipo de luz ideal para la cocina, otros propicios para la sala o la sala sanitaria, de estructura tubular y cilíndrica… y cada uno de ellos ideado para un sócate diferente. Si usted no toma la precaución de llevar a modo de muestra el ejemplar malogrado, la diligencia involucrará dos o tres visitas a la tienda, cruzadas por la esclarecedora “asesoría” del vendedor:
- Quiero un bombillo.
- ¿Convencional o de diodo LED?
- ¿Y cuál es la diferencia?
- El material emisor semiconductor del chip-reflector que, aunado a las características del cátodo y el ánodo, determina el haz radiante.
- Es para la lámpara del comedor.
- El normal de 60w dura aproximadamente 1.000 horas, mientras que uno de luz blanca y de 11w resiste 10.000 horas de uso.
- ¡Uno que prenda!
La belleza de una lámpara es proporcional a la dificultad para sustituir el bombillo. Atrás quedó el accesible desenroscado y si toca un modelo tipo araña, despídete -entre sudores y calambres- de la paciencia. Hay que destornillar, extraer guayas sin rozar con los dedos la superficie del globo luminoso y -como si se tratase de la desactivación de una ojiva radioactiva- cortar con un alicate el cable azul y no el rojo. La operación corrobora furiosamente el pensamiento de nuestra señora que, ubicada en una esquina de la habitación, concluye: “éste no sabe ni cambiar un bombillo”.
Cuando ya era un típico reproche femenino señalar a los varones de cavernícolas, la complejidad de las nuevas antorchas frustra hasta el viejo gesto de restablecerle la luz a la cueva. Ahora somos, gracias a la actual e intrincada variedad de bombillos, cavernícolas perplejos.

14 julio 2009

Nubes entre los pies

(Artículo publicado en la edición aniversario de la revista Dominical, sobre el tema "Estamos al revés")

Apenas supe que esta edición de la revista trataría sobre asuntos al revés, no dudé en espolvorearme Borocanfor sobre las manos para pararme de cabeza y describir con propiedad qué resulta de andar boca abajo. La temperatura del piso más su irregular topografía no están pensadas para trajinar por ahí de tal forma, pero mantener el riguroso carácter científico que caracteriza define a esta columna bien valía el esfuerzo.
Emprendí las prácticas iniciales en mi habitación, donde tras la mesita de noche hallé las llaves del carro perdidas hace meses, más restos de galletas y migas de pan como generoso suministro del reino de bichos anidado bajo la cama, a la altura de la alfombra. Durante esta primera etapa constituyó un triunfo el haber logrado entender -¡por fin!- las instrucciones para ensamblar una repisa y cuyos gráficos cobran lógica sólo si uno los mira como la niña de El Exorcista cuando baja de manos las escaleras de su casa.
Alentado por estos logros, decidí ganar la calle, no sin antes pasar por la cocina a beber un poco de agua (ya supondrán ustedes los inconvenientes que depara acometer, en dicha posición, tal actividad). Afuera descubrí que la ciudad es un cruce de zapatería con cenicero, y aunque andar boca abajo favorece el ensañamiento de las hormigas contra frente y nariz, el inédito ángulo visual al menos permite evadir con mejor suerte la caca de los perros.
- ¡Se ha vuelto loco! Mire que se le va ir toda la sangre a la cabeza –intentó corregirme una vecina bastante escrupulosa.
- Señora… ¿acaso no debería preocuparse usted porque su sangre no se le vaya a los pies?
A pocas cuadras advertí las revelaciones que ofrece esta perspectiva, y no me refiero sólo al vistoso espectáculo de pájaros y nubes a sus anchas sobre las palmas de los pies, sino a una realidad que, por vez primera, parecía más derecha que nunca. En un mundo al revés se repliegan las arrugas del rostro, la policía no da miedo, en el Metro la gente va muy sonreída durante el viaje pues la mímica facial fluye en dirección opuesta a la acostumbrada (quizá -sólo quizá- en un universo virado hasta podrían adquirir certeza los temas de Arjona).
Desde que ando de cabeza mi aspecto físico mejoró notablemente, se retrajo la papada a cambio de una melena abundante que ha vuelto a crecer gracias al empuje capilar generado por la fuerza de gravedad, sin mencionar que ahora les encuentro sentido a los noticieros y mi señora está fascinada con los originales enfoques amorosos que anima esta postura. Claro, ciertas circunstancias me obligan a poner eventualmente los pies sobre la tierra (en la oficina murmuran a mis espaldas, la vecina denunció el caso ante la junta de condominio), por lo que hoy reservo mis sesiones de faquir para ocasiones especiales.
Si llueve y es de noche, basta una pirueta de acróbata para hundir el pelo en la luna de las aceras, para tocar con los dedos las estrellas que flotan en los charcos.

06 julio 2009

Piquito de oro

Todos conocemos a un piquito de oro, ya sea que forme parte de la familia, del grupo de amigos o de los compañeros de trabajo. Aunque no hay que confundir al piquito de oro con el simple parlanchín, individuo éste que, como dicen las señoras de cierta edad, habla más que un loro y a quien, a pocos minutos de iniciada su cháchara infinita, la audiencia suele pagarle con las monedas de la huida o el bostezo. Nada que ver. El piquito de oro, muy por el contrario, apenas abre la boca envuelve con el magnetismo de su labia al auditorio que quiere más y más de tan florida facundia.
El primer aspecto reconocible de estos magos de la oratoria es su pulcra sintaxis; como si leyeran en voz alta, hilan con primor la secuencia sujeto + verbo + predicado + breve pausa que enfatiza la trascendencia de la frase antedicha para luego, mirándote a los ojos, reanudar en el aire sus radiantes castillos verbosos. No hablan, recitan. Pueden ser ocurrentes o no. Tener salidas geniales o no. Ni siquiera, para ser piquito de oro, precisan decir la verdad. Sólo hay que manejarse como si la dijeran, expresarse con la misma fluidez y convencimiento con que la que se desliza el curso de un río que -algún día lo sabremos- esconde entre sus aguas pirañas en vez de pececitos dorados.
Una vasta bibliografía promete convertir a sus lectores en piquitos de oro -“Aprenda a hablar en público”, “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”, etc.- pero sospecho que tal habilidad viene de nacimiento, quizá se trate de un gen de modo alguno relacionado con la apariencia física (prueba de ello es que en las sesiones de preguntas de los certámenes de belleza, los y las piquitos de oro son casos inauditos). Tras una esmerada aplicación y horas de ensayo, los aspirantes no investidos con esta gracia apenas si lograrán acceder a la categoría de piquito de bronce o, cuando mucho, piquito de plata.
Así como en el terreno amoroso son harto conocidas las virtudes afrodisiacas del buen bembeo, si en una sala de juntas llegas a coincidir con un piquito de oro, puedes jurar que de allí saldrás corriendo a invertir los ahorros de toda tu vida en el negoción del siglo consistente en exportar sacos de arena al Sahara. Claro, hay piquitos de oro con buenas intenciones; pero también aquellos capaces de convencerte de que la luna es cuadrada, de que Herodes amaba a los bebecitos. De ahí que la elocuencia sea un requisito esencial de quien aspire a ser farsante o salvador.
Su tendencia al monólogo es amenazada cuando coinciden en un mismo sitio dos o más piquitos de oro. En compañía de iguales se sienten en riesgo, incómodos, retados a duelo con sus mismas armas; por lo que algunos deciden replegarse hacia el silencio y será esa la única vez en que notarás a un piquito de oro callado.
El hechizo de su palabrería podría conducirnos al filo del fin del mundo; antes de dar el paso definitivo, sugiero tomar la siguiente precaución: llévate los dedos a los oídos y renuncia a escucharlos por un momento, lapso durante el cual abre muy bien los ojos y mira alrededor para así distinguir la ruina que, generalmente, reina en torno a estos ruiseñores fascinantes.
Haz la prueba y verás que lo único que les brilla es el piquito.

08 junio 2009

Los mantenidos retan la crisis

En tiempos de ventisca económica, al pie del chinchorro donde reposa el mantenido arrecian las exhortaciones del tipo: “la cosa está fea… ¿porqué no miras los anuncios clasificados a ver qué encuentras?” o –con menos sutileza- “¡Zángano, haz algo!”. Así que quienes se niegan férreamente a estudiar o trabajar, pese a tener la edad y el vigor para cumplir tales ocupaciones, hoy se las ven negras, siendo precisados a refinar sus maniobras para seguir apantuflados, en gozosa contemplación de los capítulos repetidos de El Chavo del 8. Aquí algunos consejos para quienes fotocopiar el currículo constituye un conato de hernia:

Recurra a las nuevas tecnologías
Redes sociales como MySpace o Facebook son una fuente inapreciable para desempolvar antiguos chuleos. Si, por ejemplo, logra ubicar a ese viejo compañerito de escuela al que usted solía vivirle el desayuno en el cafetín, no dude en restablecer el contacto. Eso sí: para cerciorarse de que la víctima siga cumpliendo con el perfil, deslice preguntas como “¿Y estás ganando bien en tu actual trabajo de agente aduanero”? o “Cuéntame… ¿has recibido últimamente una herencia?”.
Hágase artista
Es un clásico del mantenido figurar como promesa de la música, la literatura o cualquiera otra rama de las bellas artes, negándose así a la rutina de quince y último, propia de mortales comunes y corrientes y que tanto sofoca la sensibilidad de todo genio. Cuando pasen los años y sus allegados pregunten, impacientes, por la obra maestra, esgrima que el Nobel José Saramago comenzó a publicar luego de los 47 años, o que el príncipe de Lampedusa escribió “El Gatopardo” cuando ya mascaba el agua.
Renuncie al machismo
Deje atrás las posturas retrógradas y anime a su señora a integrar la lucha feminista consistente en adquirir los mismos derechos y deberes del hombre. No decaiga y aliéntela, también, a llenar la nevera y la mano del parquero a la salida de un restaurante.
Estimule a sus pequeñuelos
No demore en aplicar esa preclara fórmula según la cual hay que vivir de los padres hasta que se pueda vivir de los hijos: si tiene muchachos chiquitos, inscríbalos en actividades extraescolares; pero nada de danza o kárate, sino bisutería, transcripción mecanográfica, arreglo de motores u otro oficio que involucre ingresos inmediatos.
Diversifique las fuentes de financiamiento
Depender económicamente de una sola persona es una opción poco sensata: tal individuo podría perder el empleo, arrastrándolo a usted hacia las ciénagas del ladre. No sea conformista y coloque sus huevos en canastas diferentes. Si ya sus viejos, su pareja, tías, amigos de la infancia y vecinos proveen techo y comida, toca indagar entonces si hay vida luego de ésta, espíritus alcahuetes en el Más Allá.
Sea un indeciso profesional
Entre si estudiar Derecho o Psicología, la incertidumbre vocacional resulta una excusa eficientísima para invertir largas temporadas con el joystick del Nintendo entre manos (asegúrese de escoger carreras muy demandadas para así pasar meses, hasta años, en la “angustiosa” espera de cupo). Si por casualidad logra graduarse -se han visto casos-, decidirse por profesiones saturadísimas entraña beneficios a largo plazo: podrá excusar su arribo a los niveles superiores de Mario Bros bajo el argumento de que no hay trabajo dentro del mercado laboral por usted elegido ¡Y menos con esta crisis!

28 mayo 2009

Una función embriagadora

Ahora en algunas salas de cine sirven bebidas alcohólicas, iniciativa que aúna la ya de por sí embriagadora experiencia cinematográfica, con el ritual de acodarse sobre la barra de un bar. Quizá es ese el único motivo que me lleva a ver la última cinta de Nicolas Cage, quien, con lamentable meticulosidad, ha venido opacando su brillo actoral con roles de videntes y fantasmagorías en llamas. Así que para luego es tarde: mientras ruedan los trailers, pido al camarero una primera copa sin detenerme a pensar en los insospechados efectos que genera la mezcla de alcohol con gomitas ácidas, toda una experiencia alucinógena.
Sobre la butaca contigua se aplasta un gordito rechoncho, iniciándose de inmediato ese sordo combate entre los extraños que en una sala de cine comparten asientos vecinos, y cuyo fin no es otro que dominar, centímetro a centímetro, el uso del posabrazos. Las primeras escenas del filme no auguran nada bueno, algo sobre una profecía almacenada tiempo atrás dentro de una cápsula, o al menos eso vislumbro de entre el aparatoso peinado de la pelirroja sentada frente a mí. Al cabo del segundo trago noto un formidable ingrediente de la cinta, la banda sonora, ¡estupenda!. Apenas si ahogo el impulso de levantarme a echar un pie.
Cuando me creía librado del vicio, me asaltan unas ganas tremendas de fumar. Si está permitido el consumo de bebidas espirituosas, así como una nueva correría de Cage en la ciencia ficción… ¿por qué no recobrar entonces la brumosa costumbre de ver una película en el cine con un cigarrillo entre los dedos? Investido de súbita audacia, enciendo uno. “Apague eso”, me reclama la sangrona de pelo rojo. A punto de incorporarme del asiento para sugerirle que se meta en sus asuntos, que más molesta ese greñero suyo, aparece el camarero con otro trago (“tan puntual servicio será recompensado con una jugosa propina”, añado).
La historia que al principio parecía infortunada, comienza a tomar coherencia, diría que hasta brillantez. El nudo dramático alcanza una inesperada genialidad, Cage no está nada mal en su papel de profesor de astronomía empeñado en salvar el mundo. Y así se lo hago saber al ilustre gordito de la butaca contigua, gran pana.
- Compadre, esto se está poniendo buenísimo, ah ¿Por qué usted es mi compadre, verdad?
- Chico, ve a comerte unas cotufas para que llenes el estómago.
- ¡No me voy a comer nada! –exclamo ya rumbo a la sala sanitaria por tercera o quinta vez, no me acuerdo. A mi regreso acontece sobre el fondo de luces y sombras la escena romántica, bien fina, de una majestuosidad que empobrece el recuerdo de “Lo que el viento se llevó”. Es una montaña rusa de emociones: al llanto a moco tendido, lo sigue el júbilo porque ¡el planeta está a salvo!
- ¡Bravo, bravo! Qué Sean Penn ni que nada ¡Nicolasito es mi gallo! - aplaudo de pie el colosal desempeño del intérprete de clásicos invaluables como “60 segundos” y “La leyenda del tesoro perdido”. Cuando ya los créditos del filme cruzan la pantalla y la sala comienza a iluminarse, de la butaca delantera se incorpora una visión de otro mundo, ciertamente un ángel de flameante cabellera que parte para perderse sin remedio entre la multitud. Pero qué va ¡De aquí no me voy hasta que le den un Oscar al actorazo!
Y a mí la del estribo.

 
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