16 febrero 2012

Mi vida sin Megaupload


Cerraron el servidor del que me valía para ver películas por internet y, presa del aburrimiento, me decido a revisar el periódico. Sorprendido, descubro que entre los avisos clasificados y la sección destinada a honrar a los difuntos aparece un apartado lleno de caras conocidas y afiches que invitan a visitar un tipo de establecimiento -¡de bloques, alfombra y concreto!- donde proyectan las películas de la temporada. La curiosidad me devora y, eso sí, con cierta desconfianza, me dirijo a conocer una sala de cine.
Tras varias consultas por el paradero del local, llego al sitio donde una modesta afluencia de personas apura la lectura del cartel electrónico en el que aparecen y desaparecen en un parpadeo las diversas opciones; ya dentro del inmueble se explaya otra cola y como nunca he dominado el impulso de hacer una cola, me incorporo a ella, quién quita, quizá hasta encuentre leche en polvo y aceite de comer, pero sorprende hallar aquí también las veneradas cotufas y un par de chocolates que, finalmente, terminan costando más que el boleto de entrada.
Llevado por el rebaño de espectadores, ingreso a una de las galerías que recuerda a una boca del Metro y en cuyo interior se extiende una especie de anfiteatro en ascenso, con sillas ordenadas de tal manera que sus ocupantes logren distinguir un telón en blanco que, cosa inaudita, no muestra ningún protector de pantalla. Bajan las luces, el entorno se diluye en la penumbra, echan un noticiero infinito más el tropel de comerciales -¡para esto me quedo en casa viendo la tele!- mientras sobre la butaca contigua se aplasta un gordito que de inmediato emprende una sorda batalla para apoderarse, centímetro a centímetro, del uso del posabrazo.
Algunos elementos guardan una asombrosa similitud con ver en casa una película de las quemaítas: los susurros de la concurrencia y la sombra que avanza entre la hilera de asientos delanteros en procura de una butaca, son cuestiones que yo siempre creí que formaban parte de la película a modo de tentativa experimental de los directores vanguardistas; se inicia la proyección y, eso sí, admito que acá aumenta esa calidad de pieza de pan recién salida del horno que tienen los personajes durante los primeros minutos de un film.
Al igual que el tamaño de la pantalla, aquí la huella es más honda, poco a poco se distancia y va agrandándose con relación al efecto dejado por la tele o el monitor de la PC; aquí, dentro de esta panza oscura, la mano de la ficción aprieta con más fuerza la garganta y así como es un placer unirse a los otros en una misma carcajada la vez que el protagonista cena en compañía de sus suegros, descubro también la mayor calamidad de ver una película en una sala de cine: no poder largarse a llorar libremente cuando los amantes se despiden entre los vapores de una estación de ferrocarril. En casa uno detiene la película vertida por el DVD o el Blu-ray, se escabulle al baño, enciende un cigarrillo y regresa recompuesto a la historia contada; acá -para que el gordito de al lado no sospeche nada- se ha de fingir que una basurita cayó repentinamente en el ojo y, concluida la función, simular que se ve la hora en el reloj de pulsera o se está atento a los escalones que llevan a la salida, lo que sea menos alzar la mirada para que nadie advierta los ojos inflamados, el semblante abatido; como nunca, el corazón hecho un trapo camino al estacionamiento.

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13 febrero 2012

Compartir el carro


- Disculpen la tardanza, es que anoche me eché unos palos y amanecí fatal -se excusa, tras cinco minutos de demora, quien hoy ocupa el asiento de copiloto luego de que la junta de condominio animara a los vecinos que participan de horarios y destinos similares, a compartir el automóvil durante la ida y el regreso al trabajo con el fin de ahorrar gasolina y reducir el embotellamiento vehicular; pero tan magnífica medida, no hay duda, también depara reveses insospechados…
- Aquí traigo una musiquita para amenizar el trayecto -anuncia copiloto, sacando de su maletín el más reciente CD de Lady Gaga.
- ¡Qué alienante esa música, camarada! -precisa el vecino instalado en el extremo izquierdo del asiento posterior-. Propongo colectivizar el asunto eligiendo entre todos un género musical por día. Los lunes, por ejemplo, cumbia y mapalé; los martes, Nueva Trova…
- ¡Yo podría grabar las diferentes categorías en las carpetas del iPod! -se ofrece asiento posterior extremo derecho.
- ¿iPod? ¡Ese es un dispositivo perverso utilizado por el capitalismo para enajenarnos y...! -se desboca extensamente asiento posterior extremo izquierdo.
- Por cierto… ¿no oyeron el atajaperros de anoche donde la parejita del 5-A? -interviene copiloto, revelando con su participación que enterarse a primera hora de las intimidades del vecindario es el atractivo dominante (además de combatir el calentamiento global, por supuesto) que entraña compartir el carro. Dirijo los dedos al bolsillo para tomar un cigarro y saborear el cuento como mejor se le saborea, pero de inmediato asiento posterior extremo derecho emprende un escándalo de tosidos mientras, según distingo por el espejo retrovisor, me mira fijamente la nuca. No tarda en sobrevenir la inaplazable reflexión:
- Vecino… ¿sabía que fumar da cáncer? Y no solo eso: el Señor condena los vicios.
- Tendremos que buscarnos un letrero de “Ambiente 100% libre de humo” -bromea copiloto y desisto de encender el cigarrillo pues, aunque voy en mi auto y me ampara el derecho, sobre mí se precipitará la venganza el día que me toque ir de pasajero en alguno de sus vehículos, menos en el de copiloto, que no tiene carro y acostumbra irse en camionetica a la oficina… Ahora que lo pienso, fue él quien expuso ante el vecindario la idea de “compartir” el automóvil y el que, además de figurar como el más exigente del grupo (“¿Por qué no te pasas por una panadería para comprarnos unos cachitos?”), gusta dirigir desde su asiento la conducción del vehículo: “Compadre, bájele un pelín al aire acondicionado… ¿Desde cuándo no le hace el motor al carro?… Por aquel atajo no hay cola”.
Asiento posterior extremo izquierdo, que es corredor de seguros, procura colocar unas pólizas entre los pasajeros hasta que asiento posterior extremo derecho rompe el silencio en el que ha estado sumergido durante casi todo el camino, estallando como un dique dinamitado: “Sospecho que mi mujer me va a abandonar”, confesión que impone en el grupo la tarea de pañito de lágrimas mientras yo no veo la hora de solazarme en el postergado privilegio de desatar la tormenta de truenos y relámpagos que me acontece cada vez que ceno brócoli. Ecológicamente, cada quien llega su destino.
- ¡Hasta el atardecer y sus fulgores, compatriotas! -se despide asiento posterior extremo izquierdo.
- Véngase temprano que hoy juega el Barça -me advierte copiloto.
- Queda con el Señor -reconforta asiento posterior extremo derecho.
Todo sea por el planeta.

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08 febrero 2012

Riesgos del romance


El cine y la televisión, en insensato acuerdo con la revista Cosmopolitan, modelaron un catálogo de rutinas amorosas que se vuelve trizas apenas los amantes se tienden sobre las sábanas de la realidad: los riesgos varían desde querer robar un beso en el ascensor y terminar machucado por las puertas hidráulicas, hasta ese clásico de la pasión que es retozar entre las olas del mar, práctica esta que -según confirman aquellos que han incursionado en el idilio costero- esconde bajo su espuma no pocas emboscadas.
Supongamos que dimos con una playa que el Ministerio del Poder Popular para el Ambiente considere no contaminada y apta para el disfrute de los bañistas, adentrarse al océano en compañía de la media naranja exige una fortaleza de piernas digna de un pesista más el equilibrio de un acróbata del Cirque du Soleil, ello con el propósito de sobrellevar el peso de la pareja “abandonada entre tus brazos” así como para prevenir que el oleaje empotre en un peñasco a los tórtolos; pisar una aguamala, guillotinarse el pie con la superficie coralina, los calambres típicos de las actividades acuáticas más un tabardillo producto de la sobre exposición a los rayos ultravioleta, han enviado a no pocos amantes a dormir pero entre los peces.
En la orilla el asunto no mejora. Aquel arenero convierte la mano más suave en una piedra pómez que brinda lacerantes “caricias” al rostro, la espalda y demás áreas corporales de la persona amada; mientras que para combatir el enjambre de mosquitos se acostumbra impregnar la piel con repelente Off. Y no hay nada menos sensual que una piel impregnada de repelente Off.
Ya en casa, las velas aromáticas ordenadas sobre el borde de la bañera son una excelente iniciativa debido al racionamiento eléctrico más las multas que las compañías del sector aplican para evitar el despilfarro, pero tan fragante y ahorrativa propuesta ha llegado a achicharrar el dedo gordo del amante que, perdido en el jaleo amoroso, desliza inadvertidamente su pie sobre la llama del cirio. Más allá del shock térmico si el agua caliente no está debidamente graduada o de un patinazo mortal durante el enjabonamiento mutuo, lo de la bañera merece especial atención.
En los apartamentos tipo estudio las tinas son un lujo inaccesible y para prestarse a esta aventura romántica habría que solicitar en calidad de préstamo el baño en casa de los padres; otra posibilidad es recurrir a un hotel con habitaciones provistas de jacuzzi, eso sí: a mitad de una acrobacia amorosa, cuidado con caer de bruces fuera de la cápsula en forma de copa de Martini de la cadena Aladdin y -si se corre el riesgo- recordar traer consigo un frasco de Betadine para combatir los microorganismos plantados por la pareja que retozó allí quizá minutos antes.
Pasemos a la cama, donde un espina infiltrada entre los pétalos de rosa esparcidos sobre el lecho ha llevado a la ceguera a numerosos amantes, mientras que el trapo colocado sobre la lámpara de la mesita de noche para sumir entre penumbras el escenario podría agarrar candela gracias a la concentración calórica generada por el bombillo y aquello pase a ser, en rigor, un “momento ardiente” del que se concluye que el mejor regalo para agasajar a tu pareja este 14 de Febrero es una afiliación a Rescarven, que por algo su lema es “medicina con corazón”.

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Jornada por kilo

Cuando se creía liquidada la discriminación laboral hacia las mujeres, una circunstancia insiste en sembrar atropellos en los sitios de trabajo de las damas: el peso corporal. “Las mujeres delgadas ganan más que aquellas que sufren de sobrepeso”, expone un estudio de la Universidad de Florida según el cual entre las “esbeltas” y las “corpulentas” se abre un abismo salarial de 6.000 dólares anuales; no obstante, dicha investigación solo contempla el aspecto económico, olvidando esas muchas otras tribulaciones sufridas por las hijas de Eva apenas retiran los pies de la báscula para posarlos en el tapete de entrada a la oficina:


De 40 a 55 kilos: “La flaca”

Si damos por cierta la mencionada investigación, podría pensarse que aquella trabajadora ubicada dentro de esta franja ha logrado un currículum cuajado de logros; y puede que así sea, lo que es indudable es que si su jefe es otra mujer, ésta se unirá en el trabajo al coro de féminas para acusarla de sufrir de trastornos alimenticios. Desde la recepcionista hasta el motorizado aprovechan el menor chance para indicarle truquitos para subir de peso y, si su jefe es varón, este duda si ascender a la empleada famélica a un cargo gerencial no vaya a ser que -cuando toque despedir a un empleado en caso de reducción de personal- el botado la tome por los hombros para aventarla, cual hoja al viento, por las escaleras y/o los ventanales de la compañía.


De 56 a 75 kilos: “¡La buena esa!”

Permanecer en lo que se considera el estado ideal dentro del binomio peso-estatura es garantía de ciertos beneficios… así como de numerosas condenas. Mientras sus compañeros masculinos se brindan asiduamente a surtirla de clips y a reponerle el papel a la impresora, las compañeras -junto a la jefa- no le quitan los ojos de encima a “¡La buena esa!” cuando el marido o el novio de aquellas visitan el sitio de trabajo. Una amenaza se cierne sobre la trabajadora instalada dentro de tan cotizado margen: el jefe varón le calcula el peso apropiado para sentarla sobre sus piernas.

De 76 a 99 kilos: “Gordis”

Con visibles rollitos alrededor de la cintura (razón por la que a la jefa comienza a caerle muy bien), es la primera a la que le preguntan si no ha visto la vianda con el almuerzo que alguien le sustrajo de su cubículo a uno de los compañeros, a la vez que los colegas varones le identifican la reserva energética necesaria como para que se encargue por si sola de cambiarle el tóner a la fotocopiadora.


100 kilos o más: “Gorda”

Aunque suele acompañar a la de 76 a 99 kilos a cambiarle el tóner a la fotocopiadora, las compañeras y la jefa no le quitan los ojos de encima si en ese momento no se encuentra ningún hombre en el sitio de trabajo y haya que reemplazar el botellón de agua; desde la recepcionista hasta el motorizado aprovechan el menor chance para indicarle truquitos para bajar de peso; y, si su jefe es varón, mantiene a mano el currículum vitae ante la sospecha de que será la primera en caer en caso de reducción de personal. Si llega a extraviarse el almuerzo de uno de los compañeros, la víctima del despojo no duda en acorralarla ante el resto de la nómina: “¡Devuélveme la vianda!”.

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16 diciembre 2011

En defensa de Diosa Canales

No quedan rastros de la tabla de dividir ni noción alguna de geometría, pero mi memoria almacena con pulcritud las apariciones de Iris Chacón en la tele de los sábados de mi infancia, cuando en ciertas noches “La bomba de Puerto Rico” aparecía a medio cubrir con un bikini de lentejuelas e interpretando aquella calórica estrofa según la cual “Si tu boquita fueeera… de mayonesa / Si tu boquita fueeera… de mayonesa / yo me la pasaría / besa que besa” y que desde las primeras líneas avivaba en casa un tumulto de maridos y cuñados embobados frente a la pantalla mientras tías y primas proferían abominaciones contra la vedette del vasto lunar sobre el párpado derecho.
Chacón, junto a la Tongolele -la del fantasmal rizo blanco en medio de la cabellera-, fue descendiente directa de la legendaria Joséphine Baker -la de la falda de plátanos-, y pionera tardía, latina y salerosa del vodevil y el burlesque; luego vendrían, con desenfrenos variables, Charityn Goyco, Rafaela Carrá, Susana Giménez, Silvina Luna, Mónica Farro, Belen Francese, mientras que en los ochenta la hoy primera actriz Fedra López estremeció al país agitando sus curvas en compañía de Juan Carlos y su Rumba Flamenca. A esa antigua orden de legionarias de la piel se incorporó recientemente la controversial Diosa Canales, de quien hablar pestes se ha convertido en una especie de deporte nacional.
La diva nacida en El Tigre le ha sacado el jugo, literalmente, a la máxima que reza “si la vida te da limones, haz limonada” (sabio principio cultivado por todos en su respectiva materia, si a ver vamos); lo curioso es la actitud de cierta crítica que pide que Diosa baje del escenario para irse a calcular la fórmula de la fusión fría o a escribir la novela americana del siglo. Es una vedette, damas y caballeros, y el fin primordial de una vedette es mover el rabo pasmosamente.
El sistema hipotético-deductivo arroja luces sobre las trampas de agarrarla contra Diosa Canales: partiendo de la generalizada pero no demostrada premisa según la cual “La gente inteligente habla mal de Diosa Canales”, se salta al segundo postulado: “Yo hablo mal de Diosa Canales”; en consecuencia: “¡Yo soy inteligente!”. Dicha lógica sufre sutiles variantes utilizadas por los vivarachos para sembrar alucinaciones en la mente de las mozas cuando éstas escuchan en una fiesta o leen en Twitter que sus parejas atacan a la diva: “Los hombres decentes hablan mal de Diosa Canales”, supone la ingenua damisela, así que si “mi marido/novio/pretendiente habla mal de Diosa Canales”, ergo: es una certeza casi matemática que “mi marido/novio/pretendiente es un hombre decente”. Sí, Luis.
Nadie duda que tras empotrar el tubo del striptease en la sala del PC, la Canales sobrepasó los límites de la vedette tradicional, así como que sus formas y modo de conducirse materializan en el imaginario femenino a la sátira que podría adueñarse, al menos entre las sábanas de la fantasía, del deseo del hombre en casa; lo que sorprende es el encono de algunos señores pues no imagino a esos mismos señores en la soledad de su habitación, atentos al famoso twitcam y -apenas Diosa se empelota o canturrea, como la Chacón de mi infancia, “…yo me la pasaría/ besa que besa”- tapándose con grima ojos y oídos para no presenciar semejante bochorno.

Si así pasara, señoras, ahí sí tendrían de qué preocuparse.

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13 diciembre 2011

De PIN a Twitter

Descubro el agua tibia al afirmar que la gente no es la misma por Twitter que por PIN. Cuando se visita un restaurante de lujo, por ejemplo, de inmediato los dedos saltan al teclado del teléfono móvil para presumir del boato en la red social del pajarito: “Fabuloso el restaurante X, una exquisitez para los sentidos ¡No dejen de venir!”; pero si nos detenemos en un puesto callejero para saciar el hambre con un mugrosito, ¡ni locos! vamos a rayarnos publicando en Twitter tamaña ordinariez, por lo que la falta de garbo queda relegada al PIN, que, por su carácter íntimo, emana mayor franqueza.
El mismo teclado nos conduce a esferas diferentes, la pública y la privada, convirtiendo a muchos usuarios en una especie de bicho de dos cabezas que no solo se limita a seleccionar los mensajes convenientes para uno u otro medio, sino también a caer en la contradicción de decir una cosa en casa (PIN) y otra muy diferente en la calle (Twitter): en la primera soltamos verdades brutales, mientras en la segunda nos esmeramos en esculpir la imagen que anhelamos proyectar, mantener el buen gusto, ser políticamente correctos y moralmente aceptables, es decir, meter la coba o, a lo sumo, arropar la sinceridad con los velos de los eufemismos y las indirectas.
La doble moral ahora levanta tienda en los medios electrónicos, pero es imposible mantener las apariencias por largo rato y llega el instante en que el bicho de dos cabezas termina mostrando los pies; para facilitar la tarea de reconocimiento, traigo en líneas sucesivas algunos ejemplos con los que muchos bicéfalos se pasean en paños menores por PIN mientras corren a ponerse su mejor traje cuando toca figurar en Twitter:
- Un poeta se frota las lagañas mientras escribe un verso de amor. PIN: “Me saco las lagañas”. Twitter: “Escribo un verso de amor”.
- Es asesinado el dictador de un país lejano. PIN: “¡Qué bueno que mataron a ese desgraciado! Desde hace mucho merecía arder en las llamas del infierno y no solo él sino también toditica su familia”. Twitter: “La muerte de todo ser humano es sagrada y merece respeto y consideración”. - Vamos al cine a ver Destino Final y entre los tráileres proyectan un adelanto de la más reciente película de Woody Allen. PIN: “Ahora el bululú es en un puente colgante”. Twitter: “No se pierdan Medianoche en París, del acrisolado Woody Allen #Imperdible”.
- Asistimos a la vinatería. PIN: “Tomé unos tragos y quedé mamando”. Twitter: “Estupendo el Château Petrus, con su mezcla untuosa al paladar y de un equilibrio superior al de cualquier Burdeos”.
- Sintonizamos Jersey Shore. PIN: “Marica, Snooky le ha vuelto a caer a trompadas a The situation”. Twitter: Silencio.
- Se le ofrece a la pareja una oferta romántica. PIN: “Cuqui, espérame despierta que esta noche te pongo como tarita de museo”. Twitter: “Que es amor dulce materia/para no sentir las horas/que por los amantes vuelan. Lope de Vega”.
- Respuesta de la pareja a la oferta romántica. PIN: “¡Aquí te espero, mi negro!”. Twitter: “¡Maravilloso el legado del afrodescendiente!”.

Ilustración: Irene Pizzolante irenepizzolante@gmail.com http://irenepizzolante.com

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Los monólogos de la vecina

Disculpe, vecino, que venga a molestarlo a esta hora; acudo a su amabilidad para ver si me regala un poquito de aceite de comer pues el que me quedaba se me acabó anoche y ya usted sabe lo difícil que está conseguirlo, pero en cuanto encuentre se lo devuelvo con creces. Es para aderezar una ensaladita, nada de frituras que, además de ser malísimas para los triglicéridos, dejan un terrible olor en el ambiente, como sin duda usted ha podido notar de otros apartamentos, donde fríen chuletas y pescado a cualquier hora del día y de la noche y los pasillos se ponen que no se aguantan de la hediondez, principalmente la vecina del piso de arriba, la de las mechitas, sí, esa, la que saca a pasear al perro a las áreas comunes y es ¡incapaz! de recoger las porquerías que deja esa bestia por ahí. Algunos inquilinos insisten en envenenarlo o hasta llevárselo por delante con las ruedas del carro, pero yo me he opuesto vehementemente a que le hagan tamaña crueldad a ese pobre animalito que no tiene la culpa, la culpa es de la dueña, esa sí merece arder en las llamas del infierno por desconsiderada. De paso le digo que la fulana lleva meses sin pagar el condominio aunque, eso sí, se compró hace poco un carro último modelo y viaja todos los meses al exterior, sabrá Dios en qué cosas anda, tan diferente a la muchacha del 5-C, esa sí que se mantiene al día con las cuentas, muy amable ella, a mí me saluda con mucho cariño y me ataja el ascensor cuando una está por montarse. Su único defecto es que es una depravada, siempre llega a altas horas de la noche con un tipo diferente y se le escucha rocheleando hasta el amanecer mientras el resto de los vecinos tiene que levantarse a primera hora de la mañana para ir a trabajar entre tanto ella sigue con la música a todo volumen y yo, que sufro de los nervios, me he negado a decir ni pío y mucho menos a dejar furibundos mensajes anónimos bajo las puertas de los otros apartamentos, usted sabe que no soy ese tipo de persona, pero una tiene un límite. A mi hija, la menorcita, no la de la cicatriz en la cara, el otro día le quiso buscar conversación, pero yo le prohibí terminantemente a mi muchacha que hiciera amistad con esa perdida, una tiene que velar por el bienestar de sus hijos y más las mías que son tan inocentes en las cosas de este mundo ¡Igualitas a su madre! Mi marido coincide conmigo en que la tipa es una desvergonzada, varias veces ha ido a reclamarle que le baje volumen al aparato y eso está horas y horas convenciéndola hasta que por fin ella desiste, pero el regaño solo le dura unos días y al otro fin de semana él tiene que regresar a ponerla de nuevo en cintura; pero ya verá, vecino, cuando gane las venideras elecciones de la junta de condominio ¡Rodarán cabezas! Comenzando con la guachafita de esa malviviente, como suelen llamarla en el edificio o al menos eso me han dicho las malas lenguas que aquí abundan pues yo sería incapaz de andar pendiente de la vida ajena y mucho menos no cerrar ni un ojo en toda la noche por permanecer asomada a la puerta y con las luces apagadas, como se dice, a contraluz, vigilando qué pasa en los alrededores, cada quien a lo suyo, como usted, vecino, que es todo un ejemplo para la comunidad, ni se siente ni nada… ¿Y por qué tanto silencio? ¿No me venga a decir que es un asesino en serie o algo así? Siempre tan misterioso. Y con lo interesantes que son los hombres misteriosos… Ahora me despido para irme a preparar la cena ¡Ah!, y no se me preocupe por el aceite de comer, vecino, déjelo así.

Ilustración: Irene Pizzolante irenepizzolante@gmail.com http://irenepizzolante.com

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