miércoles, mayo 10

Noticias con glamour




La primera plana de los periódicos es un duro pescozón al optimismo, una cucharada de hiel que agria el café de la mañana; pero, a la vuelta de algunas hojas, acude gratamente el oasis de la crónica social donde los fotografiados sonríen a la cámara mientras menean radiantes un palo de whisky, la compañía es siempre amena y los tequeños circulan en procesión infinita. Por eso digo que, para desestresar a un país abrumado por las diarias contingencias, al menos una vez a la semana los reporteros de sociales deberían cubrir las noticias de las diversas secciones del periódico. Y es que a Osmel Sousa, pionero de la industria de la belleza y ahora un destacado comentarista de la noche, le agradeceríamos infinitamente que paseara su pluma por las fuentes de sucesos, política o economía para, al término de una exhausta jornada reporteril, entregar una primera página que nos remoce el contento. Leamos.

SIMULACRO FASHION

La presidenta del CNE lució regia durante el simulacro de votación realizado ayer en Nirgua, pintoresco caserío del estado Yaracuy conocido en el mundo entero por su generosa producción de mijaos y bucares. La funcionaria, luciendo para la ocasión un modelo con finas aplicaciones en cristales que combinaban espléndidamente con la máquina captahuellas, dijo emotiva no encontrarse alineada con ningún sector, aunque sí gusta mantenerse a la línea gracias al conteo manual de calorías, expresó.

TERTULIA EN LA BARALT
Una dama perteneciente a un querido hogar fue la anfitriona de una revolcona aplicada por dos sujetos muy conocidos en los círculos hamponiles caraqueños. El concurrido asalto, en un marco musical de sandungueo y en el que no faltó en ningún momento la burundanga, contó con la asistencia de numerosos mirones que formularon sus mejores votos a la recién atracada para se recupere prontamente de la golpiza. Luego tuvo lugar la denuncia en la sede del Cicpc, decorada para la ocasión con esplendorosos grilletes y sobrias efigies de las autoridades.

BELLA EN LA VÍA DE CONTINGENCIA
Tras la caída del Viaducto 1, las guaireñas que se desplazan diariamente a Caracas para cumplir con sus compromisos laborales aprovechan las horas de espera para lucir hermosas, como es costumbre de la mujer venezolana. Mientras arriban a su destino, se aplican lociones bronceadoras antes de someterse a la resolana matutina, o improvisan con sus dientes prolijas podas de cutícula. Autoridades del Minfra consultadas al respecto, recomendaron a las pasajeras abstenerse de usar laca pues a causa del polvero levantado por la vía en construcción, las partículas tienden a adherirse al cuero cabelludo, restando brillo al peinado durante el paso por la trocha.

ARREMETE CRISIS HOSPITALARIA
En un recorrido por diferentes centros de salud comprobamos la horripilante crisis que aqueja a este sector. La falta de jeringas y vendas sale y vale, pero... ¿que no haya bisturís para liposucciones, ni siquiera una gotica de Ervamatin o ¡madre mía! yeso para las fajas? “No hay derecho”, protestó una paciente a las puertas del Magallanes de Catia, a donde debió llevar su propia silicona para someterse de urgencia a un implante mamario.

sábado, mayo 6

Envidiar con clase

“Es que me tienen envidia” es la frase de la que se sirven muchos pelagatos tras saber que alguien echa pestes en su contra; pero ¡un momentico!, presuntos envidiados que invocan tan arbitrariamente el feo sentimiento de la envidia, sepan de una buena vez que ser destinatario del reconcomio es un privilegio ajeno a las multitudes: envidiar al sujeto que en el banco sostiene el número de ticket próximo a aparecer en pantalla, por poner un caso, es una muestra de mal gusto y un desperdicio de energías pues quien merece ser envidiado es el magnate que ni siquiera tiene que ir al banco. O mejor aún, el dueño del banco.
Dijo Napoleón (¡gracias, www.proverbia.net!) que “la envidia es una declaración de inferioridad” ¡Por supuesto! Pero también, se sabe, la cara sórdida de la admiración, de allí que haya que prestar mucho cuidado al momento de mirar hacia arriba para echar mal de ojo pues los motivos que disparan la envidia reflejan la materia de la que está hecha nuestra alma. Pasar la noche en vela revolcándonos por los logros ajenos, requiere de mucha dignidad y sabiduría para diferenciar la paja del grano.
Al igual que se dice del amor, también la envidia mueve al mundo y anima a perseguir altas metas, Modigliani pintó sus mejores obras incitado por su envidia a Picasso y a la rivalidad entre Steve Jobs y Bill Gates le debemos maravillas. A diferencia de estos sofisticados ejemplos, abundan los reconcomidos de gusto grueso, aquellos que se mortifican ante los 10 bolívares extra en cestatikets que recibe un compañero de trabajo o porque un amigo ganó 300 bolívares en una tripleta. ¡No, señores! Hasta para incumplir el décimo mandamiento debemos mostrar respeto por nosotros mismos y cuando toque farfullar entre dientes la humana pregunta “¿por qué yo no, diosito?”, que no sea inspirados en el sujeto de la tripleta sino en el afortunado ganador de los 10.500 acumulados más el camión.
Si vamos a ser unos envidiosos, que sea por una razón que lo justifique, escribir con la soltura e ingenio de Luis Fernando Verissimo, Clooney con aquel mujerero apurado por empelotarse a sus pies, o el expedicionario que presencia en la cima de una montaña los pétalos del cactus austral que solo florece cada cien años.
Yo no malbarato fuerzas envidiando al primo que compró un bonito apartamento en el este de la ciudad. Nada que ver. Yo lo que envidio es vivir en Suiza. Me importa un carrizo que un condiscípulo sepa todas las respuestas del examen. Yo lo que quiero es que no haya examen. No me interesa que un compañero de oficina reciba esos 10 bolívares extra en cestatikets, a mí lo que me revuelve las tripas es el “sueldo” de Carlos Slim, la destreza de Schumacher ante el volante, los jeques y sus harenes, la maldita suerte de Brad Pitt, cada línea que leo de Cortázar y ni hablar del astronauta que contempla extasiado la Tierra desde una escotilla.

jueves, mayo 4

Centro de mesa




La firme resolución de alojarse en un área contigua de donde será servido el buffet decae bruscamente cuando, tras un meticuloso examen al salón de fiestas, la doña concluye que el calibre de determinado centro de mesa es muy superior al del resto, sin importar su paradero junto a los baños o al pie de las cornetas estridentes. La señora avanza con aplomo hacia el fragante tesoro, como si entre caléndulas y follaje de eucalipto aguardase la vacuna contra el cáncer; pero -¡oh desgracia!- otra doña, alentada también por el hechizo que irradia el señuelo, irrumpe para preguntar si esas otras sillas están desocupadas, y sin que medie respuesta se instala en el teatro de operaciones donde las matronas entablarán una sutil pero feroz lucha por adueñarse del florido botín.
El resto de los invitados se abandona a las trivialidades de la celebración sin sospechar la disputa que las gladiadoras libran sobre la arena de un mantel. Se vigilan una a la otra con interés despiadado, calculan fuerzas, evaluando mediante diversos ardides el poderío de la adversaria:
- Mucho gusto. Yo soy la madrina del novio… – abre fuegos la primera.
- (Pero) yo soy la tía de la novia –embiste la otra.
- Uhmmmm, qué bien – farfulla la de la autoestima con el ojo morado, que en estos casos tía mata madrina. Pero el torneo apenas comienza. Con premeditación la agraviada responde, como al vuelo: “Qué bonito el centro de mesa”. ¡Coño! Ni Sun Tzu. El comentario dicho con ingenuidad postiza no admite otra lectura que no sea: “¡yo lo vi primero!”.
A estas alturas las relaciones de poder alrededor del cuadrilátero se encuentran nítidamente establecidas. Las nueras claudican pues sería una ofensa imperdonable pretender llevarse a casa el centro de mesa (intentarlo encendería el odio de la suegra, con toda razón, por desubicadas y codiciosas, que ya las mozas tienen para disputarse el bouquet de la novia); mientras los hijos varones presagian el amargo desenlace padecido ya en anteriores bodas, quinceaños y bautizos: ayudar a subir el perolero al carro. Y es que para muchas damas el éxito de una fiesta es proporcional a la complejidad de los malabarismos practicados a la salida con la porción de bolo en una mano, en la otra el plato profuso de tequeños (“para picar mañana”) y, sobre la cabeza o entre las rodillas, el centro de mesa.
- Qué divertido se ve el trencito –alude espléndidamente una al momento de la Hora Loca, con el fin de que la antagonista baje la guardia en medio de un reggaetón, y arrimar hacia sí el trofeo (escasos milímetros de cercanía resuelven la pelea por knockout).
- Es que me duelen los pies –responde la otra, ni pendeja que fuera.
El anuncio de que el buffet está servido es determinante. Uno de los maridos ruega a su señora que vaya a buscarle un plato, que a él le da flojera (lo cierto es que ni loco le quitaría los ojos de encima a ese centro de mesa codiciado por los caballeros en los saraos: las gotas que aún le quedan a la botella de whisky). La legionaria parte a cumplir con su deber y regresa cargada con sendos manjares, lo antes posible, esquivando como una contorsionista al resto de los invitados y las otras mesas, sedienta por recordar esa noche el peso de unas flores entre las manos.

lunes, mayo 1

Correo de los lectores



El espacio ofrecido por los periódicos para que la ciudadanía eleve su voz ante arbitrariedades y requerimientos de toda índole, tales como la inadecuada prestación de un servicio o las solicitudes de albúmina humana, constituye una espléndida iniciativa que hemos decidido reproducir en la presente oportunidad para que no quede duda del compromiso social que acrisola a esta sección. Transcribimos líneas abajo un primer bloque de peticiones y quejas llegadas a nuestro correo electrónico, y que ponemos a disposición de todos ustedes con el propósito de denunciar a tanto bicho de uña que anda suelto por ahí. No hagas del silencio un cómplice.
“He sido víctima de publicidad engañosa. Durante la época de noviazgo con quien ahora es mi esposa, ella lucía del carajo cuando iba a buscarla para ir al cine, salía perfumadita, hartamente cariñosa, confiándome en susurros sus habilidades para la elaboración de pastichos y antipasto ¡Hasta llegó a jurarme que era virgen! Luego de nuestra comparecencia ante el altar, todo resultó ser falso de toda falsedad; por lo que a través de estas líneas me dirijo a la Defensoría del Pueblo para que tome las acciones pertinentes en tan vulgar fraude”. Rogelio Becerra, Calabozo.
“Quisiera denunciar ante el Indecu a la escuela de actuación donde me dijeron que saldría convertido en todo un Robert De Niro, en un talento dramático que recitaría los parlamentos con mucha naturalidad y sin tener que repetir las escenas una y otra vez ¡Estafadores!”. Protagonista de telenovela, de Barcenas a Río.
“Me guztaria dar las grasias a los magisteriales pedacojos de mi inlustre unibersidá por las marnanima henseñansa que ají haprendy y ke me incieron un hombre de vien en fabor de esta enselsa apatrida”, Gocé Peñañoza, Caracas.
“¡Tú qué hablas, muérgano! Yo que juraba que eras abstemio porque de novios nunca te vi llevándote un palo de ron al gañote. Llegabas a casa para sacarme al cine, siempre amabilísimo, muy romántico el señor, que primero muerto antes que ponerle la mano a una mujer o eyacular precozmente. Pero el caso ya está en la Unidad de Atención a Víctimas Especiales del Cicpc”. Tomasa de Becerra, Calabozo.
“Debido a la presión atmosférica tras subir el teleférico de Mérida durante la pasada Semana Mayor, se me escarchó el seno izquierdo, el pómulo derecho, la labio inferior y ambas nalgas, por lo que necesito de urgencia un donante de silicona”. Jacinta Bustos, Clínica estética “El Soplón”.
“Mi esposa está desaparecida desde el pasado fin de semana. Mide un metro cuarenta, pesa 96 kilogramos, y de su físico destacan la verruga sobre la nariz y algunos vellitos que sobresalen de sus orejas. La última vez llevaba un body de lycra enteriza. Si alguien la ve, pregúntenle dónde dejó guardado el sacacorchos”. Felix Cortés, Bar “El Latigazo”.
“Quisiera denunciar a mi madre, a mi padre, al cura de la iglesia de por mi casa y a mis maestros de bachillerato, ante la Fiscalía General de la República porque desde chiquito me decían que no había monstruos bajo la cama y si estudiaba con aplicación para sacar buenas notas, decía mucho “con permiso” y hacía un postgrado, me iba a ir bien en la vida”. Filomeno Iriondo, línea de taxis “La Esperanza”.